La belleza de ser una eterna aprendiz: Bye Bye Brazil!

Mi paso por Brasil va llegando a su fin. Diría que una de las primeras instancias en que eso se siente es en lo abrazos. De pronto son más prolongados. De pronto son más apretados. De pronto son más sonoros. En esos pequeños instantes no tienes de otra que aceptarlo, pues todos tus nuevos amigos y amigas habrán de recordártelo sin decirlo.

El “hamper” está lleno de toda la ropa que no has querido lavar porque “ya casi me voy”. El librero está lleno de todos esos libros que nos has querido empacar porque “todavía no me voy”. Es ese intermedio en que no bien estando allá, vas dejando de estar aquí…un ojo de huracán de esos que en el Caribe conocemos tan bien. Para variar esta ciudad no ayuda a tener una despedida ligera. De ninguna manera. Se resiste.

No sucede en ella lo que sucedió en Madrid, cuyo frío casi me echa a patadas sin dejar en mi ganas de verle al menos en invierno. No. Aquí el invierno entre cálido y ventoso te inyecta un vacío para que sientas su ausencia. Aquí la gente te roza el cuerpo para que extrañes su calor. O bien un apetitoso extraño te planta un beso para re-agendar tus ganas de volver. Tenía que ser en la última semana, claro, que un brasileño gigante, gordo, alto, castaño y blanco me dijera “acho você tão linda”. Mira como es la vida de graciosa. Aquél ejecutivo me dejará pensándole por días, así como el resto de esta monumental ciudad.

A diferencia de Madrid, no es una ciudad de esculturas enormes, de arcos detalladamente esculpidos, ni de edificios que allanan la vista de forma condescendiente. No. La verdad Río es una ciudad que no necesita de esos artificios lustrosos que inspiran las fotografías de miles de viajeros anualmente. En Brasil la belleza es otra y la forma de digerirla es un proceso que apenas comienza por la vista. Después de todo, se trata de la tierra de Vinicius de Moraes, Maysa, Caetano Veloso, Chico Buarque, Maria Gadú, Marisa Montes. Combina toda esa samba, o bosa-nova, con chachaça o una cerveza Bohemia y entenderás lo que digo.

Claro que hay esculturas impresionantes. Sólo hay que ir a un ensayo de samba o pasearse un día por Copacabana para apreciar la belleza de esos cuerpos multi-tonales cuyas expresiones reflejan no pocos siglos de orgullo y explotación. Es una imagen que se resiste a quedar intacta en una fotografía. Lo traté. Pero es un no-verbal que el lente de una cámara no puede captar. Poco a poco, te invita y te contagia, sin despojarse de conflictos. Por un lado, te asalta la indeleble sensualidad idiomática, por otro no dejas de acompañar el sudor de ese Pueblo negro carioca.

Escasamente hay arcos glamorosos cuyos restos recuerden el portal de una antigua ciudad. No, Río es una ciudad práctica y pocas cosas son sólo adornos. Si bien los Arcos de Lapa marcan la entrada y salida de los inacabables paseos nocturnos calle arriba y calle abajo de bar en bar, en su parte superior pasa un “comboio” que transporta a su población por una de sus zonas más agitadas. Son altos, imperdonablemente blancos y extensos, amortajan tanto la clase como el ego de todo aquél que lo pretenda cruzar elevado o elevada de grandeza. Esos arcos son más grandes, ellos lo ven todo. Ellos reciben y despiden la versión más cuestionable de ti a la hora pico de la madrugada. Podrán estar bien distantes del mar, pero no hay retrato que impida ver el grano de arena que bajo sus luces y sombras eres.

En Río, hay edificios altos y vistosos, cuyas paredes son cristales que juegan con la ilusión de estar allá encima y allá abajo. Dan para proyectar que en esta ciudad, también se trabaja. Sin embargo, cada quien reconoce las debidas proporciones de su encanto. Ningún edificio supera en altura los mogotes de Rio de Janeiro, incluido el Cristo de Corcovado. Y si alguien se le olvida que el día continúa corriendo afuera, el carnaval de colores que es su atardecer se asegurará de penetrar esos vidrios con su luz. Sea el Pão de Açucar, la Mureta do Pobreta, la Pedra do Leme o los Dois Irmãos, la impetuosidad de Río encuentra en sus cerros una medida inigualable.

Basta una puesta de sol con vista al mar para sentirse a la merced de todo lo que esta ciudad tiene para ofrecer. No hay como escapar esa marea. Una especie de calma te canta un “duérmete nene” que te inspira a rendirle sus debidos atributos como recompensa, aún cuando un par de chancletas y cortos sea todo lo que se necesita para degustar un buen asado a la orilla del mar, acompañado de una Itaipava, Bhrama o Antártica “estúpidamente gelada”.

Es una ciudad que conversa, bien conectada por autobuses, taxis, guaguas públicas y vuelos aéreos. Nada está muy lejos como para uno no atreverse a caminar. La confianza que se gana supera cualquier resquicio de timidez que alguien posea. El carioca, como el boricua, es gente vivaracha, amigable, en la suya y en la de todos. Esa hospitalidad sentó la suficiente base de confianza como para atreverme a participar de la huelga, hoy nacional, que fue convocada a finales de mayo desde la Universidad Federal en la que estudié. Imposible será olvidar la emoción de montar un evento en una Plaza Pública en el que, con la interlocución de Brasil, estudiantes de México, Argentina, Colombia y Puerto Rico, pudimos conversar en altavoz sobre la Universidad Pública en América Latina Hoy.

La visita de mi amiga Karisa, durante este último mes, vino no sólo a sumar alegrías a esta estadía sino también a refrescar mi mirada. Como bien reseñó en su columna mensual para el Nuevo Día en Puerto Rico, “una vez se vive aquí la belleza se acaba”. Se lo dijo el dueño de un bar y no podría estar más de acuerdo. En una especie de calma y tranquilidad, aún viviendo en la favela Chapeu Mangueira, la ciudad te va seduciendo hasta que respirar su aire se comienza a tornar natural. Mirar desde la sorpresa hace que se renueve la adicción y, con ella, la sufrida de tener que partir.

Se sufre esta despedida y no hay “caipirinha” que lo remedie. Se sufre este hasta luego y no hay beso capaz de acercar la fecha de retorno. Se sufre, pero también se goza. ¡Qué gran experiencia! Qué trascendental ha sido a mis estudios, a mi carácter, a mi ideología y a mis apuestas políticas. Como dice una canción popular brasileña que para siempre marcará las memorias de este viaje:

“Cantar e cantar e cantar a beleza de ser um eterno aprendiz

Eu sei, eu sei

que a vida devia ser bem melhor e sera

Mas isso não impede que eu repita

É bonita, é bonite e é bonita”

En Río aprendí a cantar y danzar la belleza de ser una eterna aprendiz:

“Yo sé, yo sé

que la vida debía ser aún mejor y será

Pero eso no impide que repita

Es bonita, es bonita y es bonita.”

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Aniversários

Nitteroi

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Capoeira em Laranjeiras

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Primera comida en la Mureta

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“Sean bienvenid@s a la Ciudad Maravillosa”

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El famoso Frango a Passarinho

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Pestañas quemadas

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Caipirinha

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En la UFRJ

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Mi cumpleaños #27 en Campo Grande

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A cien años de la Revolución Rusa

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Biblioteca Latinoamericana de Servicio Social

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Filmando el Documental el Trabajo Social en Brasil

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Huelga 2015

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Atardecer em Leme

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Conocí a Domenico Losurdo

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Rua do Ouvidor

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Casa Coletiva

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Coco con vista al mar

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Arcos de Lapa

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Pedra Bonita

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Roda de Conversa: A Universidade pública na América Latina Hoje

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Mesa Latinoamericana y Caribeña

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“Un país sin corrupción depende de la honestidad de su Pueblo”

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Huelga 2015

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Grupo en defensa de la Custodia Compartida

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Hermanas del corazón

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Atardecer en Ipanema

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La partida

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Barrio de Santa Teresa

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Casa Coletiva

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Roda de Conversa: Puerto Rico

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Rumbo a Cosme Velho

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Día en que llegó Karisa rumbo al aeropuerto

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Lançamento Boitempo: “A luta de classes”, de Domenico Losurdo

Recién lanzado. Un autor cálido, me pareció. Tuve la oportunidad de exponerle el caso de Puerto Rico en un cuestionamiento sobre la agenda política cuando converge la lucha de clases y la independencia. Muy claro en su breve respuesta, a la que de paso trajo la lectura de Marx sobre la situación de Irlanda como colonia inglesa: “Siempre hay que evaluar la forma en la que el dominio se expresa, ya no sólo en la clase sino también en el territorio. La “cuestión social” se entreteje con la “cuestión nacional”, ninguna pudiendo ser resuelta de modo separado. La lucha asume diversas características según los momentos en que se expresa y lo mismo sucede con el colonialismo. Opino que la luchas de clases debe ser usada en plural (luchas de clases), porque así trasciende el empleo de un slogan, para atender diferencias como esta. Infelizmente, aún no he estado en Puerto Rico” -agregó tristemente.

Blog da Boitempo

A luta de classes_capa_alta Capa de A luta de classes, de Domenico Losurdo. Arte de David Amiel, sobre cartaz de Karl Maria Stadler para o Dia Internacional da Mulher (1914) e fotos de Raúl Corrales Forno, “La Caballeria” (1959), Museo de la Revolución, Havana, Cuba, e de Daniel López García, “Podemos” (2015).

A Boitempo acaba de lançar o livro A luta de classes: uma história política e filosófica, do marxista italiano Domenico Losurdo. Depois de seu aclamado A linguagem do império: léxico da ideologia estadunidense, Losurdo se volta para o conceito e a prática da luta de classes e sua atualidade diante da atual crise econômica que se alastra, e provoca: “é certo que a luta de classe tenha de fato desaparecido?”

Para Losurdo, a luta de classes não é somente o conflito entre classes proprietárias e trabalho dependente. É também a “exploração de uma nação por outra”, como denunciava Marx, é…

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Una híbrida y una caja fueron al campo un día…

El recuerdo más reciente que tengo de mi fascinación por una caja, se remonta a dos momentos específicos en mi vida; el primero de ellos fue cuando tenía tal vez unos tres años y junto a mi hermano decidí hacer a un lado los juguetes convencionales para descuartizar aquella cajota que trajo mi padre de su trabajo. El segundo recuerdo se remonta a la huelga de la universidad de Puerto Rico en el 2010, cuando una caja fue la mejor forma de evitar que la computadora que estábamos usando para la transmisión radial al aire libre de Radio Huelga, no se friera con el el Sol. Sirvan estos mini cuentos para ejemplificar que mi relación con las cajas siempre ha sido de lejitos y fuera de ellas. Mi formación y las formas en las que decido vivir la vida, replican este proceso; de cerrada, cuadrada e inflexible, no ha tenido un pelo.

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Me encuentro repensando mi vida más de lo que quisiera muchas veces. Este proceso se detona cuando conozco personas que me preguntan por mi vida y no sé por dónde empezar. No se trata de que considere llevar una vida extravagante, aunque es de todo menos ordinaria o pasiva. Sino que siento tantas pasiones diversas e intereses, que intento seleccionar aquello que compartiré de forma que ambos podamos beneficiarnos de lo que podamos conocer en un espacio de tiempo breve; es el costo que tiene llevar una vida agitada. Detesto quienes me hablan de un millón de cosas, como también detesto hablar de un cúmulo de cosas sin sentido u objetivo. No. Prefiero maximizar cada conversación, profundizarla y no dejar de aprender nunca. Para eso, hay que saber y poder escuchar, lo que trae un balance a la participación que podemos tener en cada oportunidad para compartir experiencias. Por este motivo, digo lo que se pueda aunque con toda la intensidad del mundo. Tal vez por eso, un brasileño que conocí recientemente me dijo que yo era una mujer de esas que “mataba un león por día”. Supongo que lo que estaba detrás de su metáfora era un exceso de tiempo y de historias compartidas.

En realidad, aunque usualmente tengo muchas energías, disfruto mucho la calma. Es en esos momentos de paz donde disfruto planificar lo próximo, ponerme nuevas metas, reutilizar aprendizajes que he puesto en pausa, investigar nuevos ángulos, buscar nuevas oportunidades de aprendizaje o simplemente comerme un helado. Habiendo recorrido formalmente el campo de las comunicaciones, las artes gráficas, la administración de empresas, la contabilidad, el cooperativismo, la geografía, el género, lo político, el trabajo de base, la educación popular, el trabajo social y el mundo de las agencias de viajes, no son muchos los minutos en los que la mente reposa. Creo que nunca pensé que sólo sería una cosa en la vida, circunscrita al ideal de alguien, mono-temática, inflexible, monolingüe, estática. Disfruto la calma precisamente porque tengo una gran dosis de actividad que me impide lo contrario. Aborrezco cuando me preguntan si pienso parar alguna día, ni que fuera un tren con estaciones marcadas, “próxima parada: Tu voluntad”. No. No tengo que parar, nadie nació para tener que hacerlo aunque puede hacerlo quien se lo proponga; en lo que a mi respecta no preveo dejar de tener esa sed, esa alegría con la vida, esa disposición para luchar, ese entusiasmo con crecer, esa pasión por contar con más y mejores destrezas o esas ganas de que el mundo me siga hablando desde distintas latitudes.

Agradecería tampoco se me asocie con la figura de una peregrina con una misión sobrenatural o extra-terrenal en la vida. Es la forma menos hiriente en la que puedo decirlo, sólo porque me gusta cuidar de los sentimientos de l@s demás. Sí, hay un mundo en mi cabeza por el que sólo podemos trabajar y disfrutar en ESTA Tierra. Y aunque mi papá reconozca que no me puedo estar quieta- y que de seguro estaré en el primer viaje verdadero a la Luna- querer llegar a ella no me desentiende de mis convicciones y apuesta diarias por un mundo justo. Mientras tanto, me propongo disfrutar los atajos y desvíos que el camino me presenta, sobretodo porque nunca dejan de relacionarse con mis proyectos y porque sólo sirven para mejorarlos. Espero que no se confunda con carencia de visión, de andar por ahí decidiendo que hacer con mi vida o dónde establecerme porque esas cosas para mí están clarísimas y la verdad sólo a mi me importan; aún cuando preservo un lugar especial para mentores y mentoras sin los que no sería quien soy. Fuera de eso, déjame ser, conóceme y hasta disfrutemos la compañía, pero si tanto te gusta tu propia caja anda a pintarla, a ponerle rejas blancas y a colgarle cuadros, pero por favor no intentes meterme en ella. Puede que le suceda lo que aquella que trajo mi padre un día.

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Sobrevolando Canadá: Reseña de la 9na Asamblea del Consejo Internacional de Educación de Adult@s

Hace unos días llegué a la ciudad de Montreal y en unas horas parto nuevamente. Las emociones han sido tantas, dado el enriquecedor motivo que me trajo, que apenas he tenido la oportunidad de asimilar mi visita a estos lares. Finalizaba el mes de mayo, cuando fui invitada a participar de la novena asamblea mundial que realizaría el Consejo Internacional de Educación de Adultos (ICAE, por sus siglas en inglés). Según me informaron, el consejo estaba interesado en contar con la presencia de las y los jóvenes que fueron formados el pasado mes de noviembre en la “ICAE Academy for life-long learning advocacy” en Madaba, Jordania. Habiendo participado de esa experiencia, sentía que no eran pocas las aportaciones que se esperaban; a las nuestras, se sumarían las de cientos de educador@s alrededor del mundo.

Me preguntaba: qué decir, desde dónde hablar, con quienes establecer contactos, cómo poder reportar estas experiencias de vuelta a mi organización base: La Nueva Escuela. Mis cuestionamientos tenían respuestas; sin embargo, organizarse para poder cumplir con todas las metas en unos cinco días no era tarea fácil. Felizmente, nunca he soportado el desorden, así que me puse manos a la obra. Por un lado, decidí que asumiría turno en el micrófono en talleres o paneles que me provocaran. Por otro lado, hablaría desde mi experiencia como educadora popular independentista en Puerto Rico, dicha experiencia sería complementada por los conocimientos que he podido generar durante mi formación graduada en trabajo social en mi Isla, España y Brasil. Contrario a la meta de muchos colegas, de identificar contactos para financiar sus trabajos locales, me dedicaría a estrechar vínculos con el Sur global en busca de experiencias que complementaran nuestros procesos de formación política, así como exponer el caso colonial de Puerto Rico. Con frecuencia me sorprende la cantidad de cosas buenas que me suceden en el camino; resulta que el ICAE me pidió una colaboración especial como comunicadora en el evento dado mi evidente entusiasmo por la fotografía. Una cosa llevó a la otra y como debía documentar casi todas las actividades, tuve acceso a gran parte de los paneles, así como entrevistas exclusivas con las y los exponentes. Eso me permitió una perspectiva “glocal”. Por un lado, entendí la complejidad del evento, en términos de estructura y contenido. Por otro, profundicé en las aspiraciones, emociones e impresiones de quienes se dieron cita.

El evento abrió el jueves 11 de junio, con una plenaria en la que se debatiría sobre Mujeres, Nativ@s y la Descolonización de la educación. Un total de seis panelistas de Quebec, Guatemala, Estados Unidos, Uruguay, Burkina Faso e India, compartieron no solo sus trabajos, sino la preocupación constante de enfrentar la descolonización en países que, al menos jurídicamente, son independientes. Definitivamente, la exposición de la asiática Helena Wong, desafió todas las nociones que no pocos tenían sobre las condiciones sociales, opresivas y discriminatorias que ha experimentado al interior de Estados Unidos en su trabajo con la Justicia Global y la Marcha Mundial de las Mujeres. Su coyuntura y la precisión que dedicó a la crítica de la educación allí, me permitió reaccionar desde la experiencia puertorriqueña. Su exposición me llevó a darme cuente de un absurdo y una hipocresía en la historia entre Estados Unidos y Puerto Rico; en mi cabeza pensaba cuán hipócrita es, aunque no deje de ser importante la denuncia internacional, que desde el “Primer Mundo” se condene la mutilación del clítoris en algunos países del Africa, mientras en Puerto Rico los cuerpos de las mujeres fueron esterilizados mediante operaciones involuntarias por parte del gobierno colonial. Bien dicen que muchas cosas son relativas o que dependen de la perspectiva con que se miren; lo que este evento permite es poner contrarrestar la forma en la que se asume es la vida y los discursos en el Norte global y, porqué no, poner los puntos sobre las íes.

Llegado el viernes, comenzó el maratón con una plenaria y conversatorio entre el ICAE y Greenpeace internacional. Luego de una exposición un tanto legalista de este último, la audiencia abarrotó al representante con cuestionamientos sobre acciones infladas que son atribuidas a este organismo en término de incidencia, así como las contradicciones que se plantean a la sociedad para enverdecer el mundo que vivimos desentendiéndose de un orden social en el que el trabajo de muchos y muchas depende del ritmo que lleva el pseudo-desarrollo que se vive. El clima de la discusión reveló que no son pocos los sentimientos encontrados que una interacción con el Greenpeace genera. Sin embargo, aún cuando muchas veces redes internacionales como el ICAE aparentan ser tan complejas y grandes como para que quepan todo tipo de discursos, sí hubo una audiencia de 300 personas dispuestas a defender sus reservas en cuanto a propuestas ciegas, superficiales, insuficientes y hasta contradictorias. Ya en la tarde aproveché para documentar los talleres y entrar en contacto con las y los ponentes. Hay un asunto racial y étnico innegable en este evento. Con frecuencia los talleres ofrecidas por canadienses o europeos contaron con una audiencia de esos países. En cambio aquellos ofrecidos por african@s, asíatic@s y latin@s, contaron con una diversidad de audiencia. Al parecer, algunos hablamos para el mundo y otros se hablan entre sí mism@s. Curiosamente, me gustó que algunos talleres en los que la audiencia fue mínima, la participación fue más íntima, permitiéndole a quienes se presentaron exponer más sobre sus escenarios locales. Tener esta oportunidad no es algo dado o que puede ser atendido levemente.

Con frecuencia es tanto el bombardeo de experiencias y nuevas personas en un espacio tan reducido de tiempo, que se presenta tanto el cansancio como el pensamiento sub-alterno. Nos cuesta, a l@s jóvenes, a l@s mujeres, a l@s negros, a l@s homosexuales, validar las experiencias que tenemos y el conocimiento que hemos construido. Esto recrudece cuando vemos que desde Europa o bien América del Norte, se produce tanto material didáctico o se interactúa con eficacia diversas tecnologías de presentación. Sin embargo, me enorgulleció cómo durante las entrevistas, se hacía referencia a las grandes lecciones que Chile, Guatemala, India y Burkina Faso, habían aportado al evento, la profundidad de sus saberes y cuánto había provocado. A veces se piensa que el día a día es tan minúsculo, en comparación a lo que el mundo vive, que olvidamos que es en la cotidianidad donde la historia se va escribiendo y en ella reside el poder de transformarla. En ese sentido estos espacios, son siempre de sentimientos encontrados, de festejo por reencontrarse con caras conocidas y por exportar lo que vivimos, pero de insatisfacción al sentir que no se logra decir todo y que se nos podrá olvidar fácilmente. No por menos una vive aturdida, aunque feliz. Después de todo, lo más poderoso es no saberse sol@, entusiasmarse con nuevos desafíos, incorporar nuevas consideraciones y comprometerse globalmente.

A efectos de resumir esos dos días de talleres, cuelgo aquí el album de fotografías. Aprovecho también para compartir los enlaces de los dos videos- primero y segundo– que pude filmar y editar para las redes sociales del ICAE en Facebook y en Twitter. Finalmente, hay que destacar que el evento, también incluyó un cuarto día en que se celebró la Asamblea General del ICAE, para seleccionar el nuevo comité directivo y la junta de directores. Luego de una puja fuertísima que implicó reuniones de campaña política entre las diversas regiones, el Sur consiguió equilibrar la representación internacional en los once puestos seleccionados, para los cuales ocupamos al menos seis con dos nombramientos de Africa a la junta, dos de latinoamérica, uno de Jamaica y uno de filipinas. Se entiende, esto recién lo he aprendido, que lo más importante en un evento de esta escala es la declaración final, en la que se incluyen los lineamientos políticos principales bajo los cuales la red funcionará por los próximos cuatro años. Es un documento que se presenta y que se edita durante el primer y segundo día según se recibe el insumo de las y los presentes. Al final, se relee y se aprueba; aún no ha sido colocado virtualmente pero espero compartirlo tan pronto tenga acceso a este.

Llegó el domingo, el cansancio late en los pies y aunque hubo noches de relajación y festejo, no es hasta mañana que podré conocer un poco más la ciudad antes de viajar de regreso a Río de Janeiro para terminar mi semestre de estudios. Tanto la maleta como la cabeza van llenas de ideas, de cuentos, de recuerdos y de pasión. No veo la hora en la que regrese a mi patria a socializar todo esto. Mientras tanto, sólo queda esperar…

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Mil y una cosa que he aprendido en Brasil

El tiempo se acaba. Hoy me sentaba con mis colegas brasileños para compartir un “frango à passarinho”(chicharroncitos de pollo) y una porción de arroz. Intercambiábamos expresiones sobre una conferencia a la que acabábamos de asistir en conmemoración de los cien años de la Revolución Rusa. Con su buen humor y su impresionante cerebro para el registro de la historia y sus vericuetos, Netto nos narraba las lecciones de dicha revolución, una historia que si bien fue grandiosa, así de grandes fueron sus errores, una historia que hoy se honra por ser una hazaña de la humanidad con la cautela suficiente como para no reproducirla. Tertuliábamos cuando de repente, sin antesala, una especie de alegría y deleite, me arrebató la expresión. La colega frente a mi lo percibió, y antes de que me preguntara en qué andaba mi cabeza, decidí compartirles todas las reflexiones que cabían en esa sonrisa de fascinación que recogía un millar de reflexiones. Lo que dije debió sonar mas o menos así: “Para mi ha sido una experiencia tan importante como fascinante estar aquí. Ustedes, tal vez no tienen como percibirlo, pero su forma de hablar y entender el mundo dista mucho de lo que he aprendido hasta ahora. Me siento muy feliz con esa diversificación en mi aprendizaje. Las clases, las conversaciones, los textos a leer, han sido cosas muy innovadoras para mi. Para mi ha sido un reto lingüístico en dos direcciones, por un lado el portugués y por otro la gramática de su formación e ideología. He descubierto una fascinación por el estudio de lo social que me tiene bien cautivada. Claro que en la academia tuve acceso a algunas de las obras que aquí se leen desde mi bachillerato, como por ejemplo a Gramsci y Marx. Sin embargo, mi formación fue en geografía y cooperativismo; salvo raras excepciones -como Harvey- no tuve acceso a un conocimiento crítico en términos de una lectura materialista-histórica de la sociedad. No tomen esto de forma simple, claro que podría analizar fenómenos sociales a la saciedad, sin embargo cada investigación me dejaba con más preguntas que respuestas. Un buen proceso de investigación siempre las generaría, sin embargo, cuando repasaba el tipo de preguntas, percibía que había aspectos fundamentales que no me quedaban claros; aspectos filosóficos, políticos, subjetivos sobre la lectura de la realidad. En parte no me preocupaba mucho no tener esa experiencia en la academia, pues mediante el trabajo político tuve acceso a la filosofía de la praxis. En realidad, más que discutir en el vacío lo social, siempre he priorizado el debate al calor de mi contexto, “embarrándome las botas”. En ese sentido, la academia ha pasado a ser parte complementaria de mi formación, siendo el trabajo político mi espina dorsal. Claro que, en medio del activismo, comprometerse con la disciplina necesaria para la erudición, encuentra demasiada competencia. Tener un espacio de estudio profundo, de lectura, de marcar los libros, de hablar de eso constantemente, de participar, de errar, de volver al tema, como ha sido mi experiencia aquí en brasil este semestre, ha hecho que le tome un gusto especial al hábito de profundizar la realidad y las raíces de los problemas sociales. Este proceso no hubiera sido la mitad de llevadero sino sintiera una gran afinidad con el pensamiento marxista, que aquí confirmo como uno no homogéneo y hasta contrariado en sus diversas corrientes tanto teóricas como prácticas. Es definitivo que, independiente de lo que pase con la huelga recién decretada en la universidad, mi experiencia ya ha sido completa; practiqué el idioma, conocí el programa graduado en la UFRJ, tengo conmigo la literatura de todos los cursos, he participado en clases, he determinado la línea de mis futuros estudios, he creado el hábito y estoy documentando para mis colegas cómo es el mambo del Trabajo Social aquí. No dudo que tendré enormes desafíos a mi regreso, después de todo la forma de leer el mundo no es algo que se puede apartar de forma tan fácil como lo es quitarse un par de espejuelos, y qué bueno que así sea. Pronto regreso a Puerto Rico a hacer mi práctica y con certeza me toparé con escenarios en los que los análisis que aquí he aprendido a hacer serán desafiados. Por lo pronto me siento inquieta, tanto a nivel intelectual como de voluntad, y con que ese estado se sostenga en mi quehacer profesional no dejaré de caminar hacia las respuestas que me permitan entender cómo se ha construido el mundo y desde dónde podrían forjarse relaciones sociales contestatarias. Así que todo eso me llevo, colegas.” Ahora que lo pienso, sonaba a despedida y tal vez por eso me miraban con embeleso. Después de todo, no han sido pocos los intercambiamos que han caracterizado nuestros encuentros como tampoco lo que han conocido sobre mi Isla y sus realidad político, social, económica y cultural. Se ha forjado una camaradería especial, razón por la cual me atreví a compartirles mis impresiones, para que entendieran mi contexto, de dónde vienen mis silencios, mis participaciones y lo duro de poder expresarme muchas veces, ya no solo por el idioma sino por su gramática. Terminamos la comida y dividimos la cuenta. Cuatro amigos identificaban sus respectivos taxis. Si bien el barrio de Lapa estaba más apagado que de costumbre, una boricua regresaba a su hospedaje con el corazón más encendió que nunca. Esa boricua era yo

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Aterrizar

Haces la maleta. Llevas en ella lo “necesario”, los “por si acasos”, las prendas de vestir que más gustas. Llevas también aquellas prendas “feas” que necesitan más de un remiendo y aquellas “de estar en la casa”, llevarlas es un voto de reconocimiento y fidelidad a esa voz interior que no pocas veces se resiste a decorar el cuerpo para el resto de la humanidad. Llevas también prendas recién compradas, de esas que te recuerdan que llegar a un nuevo lugar implica una renovación de la existencia. Nadie lo sabe, los transeúntes no lo sospechan, pero bajo ese nuevo vestido todavía flota un ser que apenas aterriza.

Confieso que mis maletas, además de ser muchas, a veces llevan más del peso que mis amigos preferirían ayudarme a cargar. Sin embargo, al pasar los días confirman que es mucho mayor el peso que agencio sobre mis propios pies. Más allá de las curvas que hacen de esa cifra algo evidente, inmediatamente se revelan los gramos de historias, los kilos de estrategias y las toneladas de interrogantes con las que y por las que he viajado. Y quiénes son los amigos sino esos seres que conocen cuáles son los botones para tener acceso a un peso que en definitiva comparten.

Sin los recuerdos constantes de mi padre, no podría precisar cuando comenzó mi impaciencia por estarme tranquila en un solo lugar. Aunque le guste pensar que desde siempre fui inquieta, creo que hubo momentos que marcaron un antes y un después. Siendo mi padre un hombre dominicano criado en la costa al sur de la Isla de Puerto Rico y mi madre una puertorriqueña criada en la ruralía del centro de la Isla, tuve una infancia marcada por viajes que siempre implicaban horas y horas de desplazamiento. Así las cosas, mis ojos de niña reconocían otros dos mundos posibles, aquél al que se iba siempre en ropa ligera por un calor inconfundible en busca de caracoles o cristales reprendidos por el mar y aquél que requería indumentaria todo terrenos para afrontar las hazañas jalda arriba y jalda abajo.

No fue la infancia de ir a Disney World mono-temáticamente como tampoco fue una de opulencia, lo que en nada interfirió con aquella sensación de estar siempre viajando. Recuerdo que las jornadas deportivas de mis hermanos menores nos llevaron a cruzar el mar, o mejor dicho el Canal de la Mona, que apenas nos separa de la República Dominicana. Tenía 13 años y poder estar en una habitación con camas enormes, así como piñas coladas ilimitadas, era un lujo inmensurable que ofrecía el paraíso más remoto que había conocido hasta entonces. Dejando a un lado esas extravagancias, mi rostro no siempre reflejaba deleite. Más bien parecía que estaba del mal humor todo el tiempo, pero qué podía hacer si tenía unas cejas tan anchas que lograban ocultar mi contentura. De mi sonrisa de hoy día no hablemos, estoy hablando aquí de la era pre-ortodoncia.

A decir verdad pienso que a pesar del constante desplazamiento, era más sedentaria de lo que quiero admitir; tal vez a eso se debía mi seriedad. Poco tenían de gracioso las migrañas que el calor del sur me produjo a mi corta edad, o las observaciones de mi tía del campo de que estaba muy gordita, o la falta de amigos de mi edad que pudieran acompañar mi viaje a la hermana Isla caribeña. Aunque mi madre siempre ha señalado que hablo demasiado duro, disfruto mucho del silencio y particularmente de la soledad. De no haber sido por las hazañas de mi tropa de Girls Scouts o las implicaciones de haber estudiado en una escuela superior pública especializada en Radio y Televisión, habría pasado muchas más horas disfrutando el gran mundo entre las cuatro paredes de mi habitación. Los viajes al interior me son extremadamente fascinantes, ya en ese entonces no me quedaba la menor duda.

Sin embargo, destaco una diferencia entre aquellos tipos de viaje y otros que aún no comparto que han marcado mi adultez. A los primeros los distingue el hecho de ser llevada, suplida, abastecida y sobretodo protegida.  A los últimos los distingue la voluntad, las carencias, los sacrificios y sobretodo la emancipación. No, mi espíritu viajero no nació conmigo. Esa voracidad de llegar a otro lugar sin dejar de viajar hacia dentro de mi, se ha formado por pedazos. No diría que conviene una lectura cronológica, sino más bien la forma en la que cada pieza ha llegado a la identidad que hoy disfruto.

A muchos lugares he llegado por el trabajo político, a otros por experiencias educativas, a varios por investigaciones académicas, a algunos por sus resonancias mundiales y a casi todos simplemente porque era necesario. La cantidad de lecciones y seres con quienes he entrado en contacto, han recrudecido esa sed de seguir explorando el mundo y permitiéndole que me conozca por las huellas que voy dejando. Me gusta pensar que no importa la cantidad de veces que una pueda viajar, hacer maletas es siempre un rito prometedor. De todas las cosas que he aprendido a empacar, aún no consigo echar en la maleta algo que contra la ansiedad o la incertidumbre que cualquier viaje puede producir. Este sentimiento usualmente me paraliza, me lleva a sobrevivir primero y a vivir después. Sirva esta nota de introducción a las crónicas que se avecinan y que no han sido escritas por razones que poco a poco conocerán.

Hace una semana llegué a Rio de Janeiro. Con la fortuna de haber encontrado un hermoso y acogedor apartamento en la favela de Copacabana, por fin siento que he aterrizado. Este espacio me inspira a escribir, a contar, a reacomodar los recuerdos. Aunque mi casa es y será Puerto Rico, hoy día mi hogar está en mi cabeza; no puedo aguantar las ganas de invitarles a pasar por un café. Será hasta mi próxima nota…

Copacabana

El cuerpo y las crisis

El cuerpo…esa coraza imperfecta que nos recuerda la fragilidad de la existencia. Cotidianamente nos reclama un balance en nuestras atenciones y distribución de energías. El mío llevaba varios días enviando señales, yo simplemente no le respondía. Tocía sin parar, me faltaban fuerzas y dicha intensidad aumentaba solo con las mismas fuerzas con las que yo insistía en mantenerme en pie de lucha. Definitivamente, soy su más fuerte enemiga y mi terquedad es mi arma más asequible. Solo una sabe la bomba que lleva adentro, hasta que esta revienta frente a quienes me rodean, arma que el cuerpo usa sabiamente para los nuevos testigos le acompañen en la ineludible tarea de aconsejarme un descanso. Y ya no de descansar las rigurosas 8 horas, sino de descansar en él la adrenalina. No pide mucho el pobre, sólo que me entregue en alma y corazón al letargo que demanda. Como ven, sus primeros pasos son sutiles, luego se moviliza y ya cuando no soporta mi intermitente indiferencia, acude a sus aparatos represivos y dice basta.

Coquetié con sus límites. No acudí a tres excursiones en un país tan exuberante como Jordania, sólo por no pasarme de la raya. Incluso cambié los medicamentos que ingería para acompañarle en el ciclo natural de lo que consideraba era un resfriado corriente. Decidí ofrendarle con remedios naturales aprendidos recientemente. La solución salina fue mi ofuscada alternativa para ayudarle a expulsar todo cuando de mi se resistía a salir. Claro, y como siempre, no acudí al consejo de otros para constatar mis saberes. No pasaron ni 6 horas cuando las sales llegaron al estómago y los vómitos imparables se sumaron al complejo cuadro de síntomas que sólo alargarían mi eventual recuperación. Necia al fin, decidí recomponerme e intentar unirme a mis colegas, que desayunaban de madrugada previo a nuestra partida a Petra.

Si no pueden identificar aún el verdadero problema, descuiden. Yo tampoco lo sabía pero a diferencia de la curiosidad que ustedes puedan tener, yo me empeñaba en ignorarlo. Ignoraba ya no solo la seriedad de lo que sucedía, sino también el obstáculo que mi propia insistencia representaban. Demás está decir que las lágrimas me corrían por los ojos cada vez que confirmaba lo que todos ustedes ya saben, para ningún lugar que iba. No importara lo que comiera ya era demasiado tarde. Despedí al grupo en el portal y decidí llamar al doctor. Es algo difícil de hacer, sobre todo cuando tu plan médico brilla por su ausencia. Afortunadamente estoy rodeada de un amor que se solidifica ante mis propias tempestades y como más sabe el diablo por viejo que por sabio, mi mentora me confirmó el efecto secundario de las soluciones salinas. Supo sobre esto un día en el que varios niños de su escuela habían intentado suicidarse con veneno de ratas y un médico preparó vasos de agua con sal para regresarlos a este plano a la velocidad de la luz.

Muchas cosas he aprendido en este proceso, que exceden los límites de este pasaje. En primer lugar, mi cuerpo y Yo no somos un campo de batallas. Somos aliados si yo quiero, pero él es el dictador. Junto a su amiguito el tiempo, imponen las reglas de subsistencia. Todo se redujo en las órdenes del doctor quien me llevó a la segunda lección. No todo el tiempo tenemos claro el panorama. Una infección en las vías respiratorias, complicada con el rastro de las sales, jamás  podía corregirse con Panadol, atracos de vitamina C y bombones dulces para la tos. La combinación de descanso y sincronización de calmas a todos los niveles es un clave que no puedo dejar de oír.

No estoy en Puerto Rico, y pensé que de alguna manera me escaparía a uno de los males que hoy día sacude a la Isla, el chincuncunyá. Sin embargo, lo que he aprendido puede servir a quien necesite el regaño de estarse quieto o quieta, aún a pesar de su incorregible voluntad. Después de todo, hacer las pases conmigo y descansar los síntomas será la única forma de cruzar la aduana en Madrid. A no ser que pretenda atraer sospechas infundadas y activar el protocolo de una crisis que hoy carcome la aldea global, el Ebola. Fenómenos como este, cuyas causas le ganan el premio al Gran Misterio del 2014, son la forma más rápida de ilustrar los trascendentales trueques de la Globalización.