Lágrimas y Orgasmos

Amar y escribir, dos verbos esporádicos, insaciables, sorpresivos.

Me ha sorprendido el amor en algunas vueltas de esquina, sin tregua, inédito, irrepetible. Casi siempre ahogado en su propia sed de vulnerar almas, de inflarlas, despojar harapos y estrenarle brillos, faenas y apetitos.  Escribir, en cambio se perfila frecuente, domable y previsible. Casi siempre  explícito en su propia intención de desmaquillar el alma, desinflar los apegos, censurar la irracionalidad y acrecentarle sensatez, recreación y porqué no, picardía.

Sucede que cuando se ha descubierto un amor, cuando la mirada no encuentra escapatoria, la inflación es acompañada y los harapos se han caídos solos, una nueva oportunidad se presenta. En cada respiración dilatada, calurosa y húmeda, el amor persiste en hacerse un verbo, insaciable y sorpresivo. En cada vaivén de caderas se acerca ese extraño despegue momentáneo que marca la diferencia entre sentirse enamorada y ver ejercitado el derecho del cuerpo a trascender.

Brota un gemido, un sollozo y se descarga una lágrima, luego varias. Vienen del más allá, de la Isla remota de las almas abiertas, de los rastros de harapos incrustados en la piel que consiguen hacerse diminutos, del apego mutuo confesado silenciosamente, de la razón muda.

Amar y escribir, verbos inquietos, fértiles y  consecuentes. Verbos que encontraron como puente un orgasmo relámpago en la madrugada.

 

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