Aterrizar

Haces la maleta. Llevas en ella lo “necesario”, los “por si acasos”, las prendas de vestir que más gustas. Llevas también aquellas prendas “feas” que necesitan más de un remiendo y aquellas “de estar en la casa”, llevarlas es un voto de reconocimiento y fidelidad a esa voz interior que no pocas veces se resiste a decorar el cuerpo para el resto de la humanidad. Llevas también prendas recién compradas, de esas que te recuerdan que llegar a un nuevo lugar implica una renovación de la existencia. Nadie lo sabe, los transeúntes no lo sospechan, pero bajo ese nuevo vestido todavía flota un ser que apenas aterriza.

Confieso que mis maletas, además de ser muchas, a veces llevan más del peso que mis amigos preferirían ayudarme a cargar. Sin embargo, al pasar los días confirman que es mucho mayor el peso que agencio sobre mis propios pies. Más allá de las curvas que hacen de esa cifra algo evidente, inmediatamente se revelan los gramos de historias, los kilos de estrategias y las toneladas de interrogantes con las que y por las que he viajado. Y quiénes son los amigos sino esos seres que conocen cuáles son los botones para tener acceso a un peso que en definitiva comparten.

Sin los recuerdos constantes de mi padre, no podría precisar cuando comenzó mi impaciencia por estarme tranquila en un solo lugar. Aunque le guste pensar que desde siempre fui inquieta, creo que hubo momentos que marcaron un antes y un después. Siendo mi padre un hombre dominicano criado en la costa al sur de la Isla de Puerto Rico y mi madre una puertorriqueña criada en la ruralía del centro de la Isla, tuve una infancia marcada por viajes que siempre implicaban horas y horas de desplazamiento. Así las cosas, mis ojos de niña reconocían otros dos mundos posibles, aquél al que se iba siempre en ropa ligera por un calor inconfundible en busca de caracoles o cristales reprendidos por el mar y aquél que requería indumentaria todo terrenos para afrontar las hazañas jalda arriba y jalda abajo.

No fue la infancia de ir a Disney World mono-temáticamente como tampoco fue una de opulencia, lo que en nada interfirió con aquella sensación de estar siempre viajando. Recuerdo que las jornadas deportivas de mis hermanos menores nos llevaron a cruzar el mar, o mejor dicho el Canal de la Mona, que apenas nos separa de la República Dominicana. Tenía 13 años y poder estar en una habitación con camas enormes, así como piñas coladas ilimitadas, era un lujo inmensurable que ofrecía el paraíso más remoto que había conocido hasta entonces. Dejando a un lado esas extravagancias, mi rostro no siempre reflejaba deleite. Más bien parecía que estaba del mal humor todo el tiempo, pero qué podía hacer si tenía unas cejas tan anchas que lograban ocultar mi contentura. De mi sonrisa de hoy día no hablemos, estoy hablando aquí de la era pre-ortodoncia.

A decir verdad pienso que a pesar del constante desplazamiento, era más sedentaria de lo que quiero admitir; tal vez a eso se debía mi seriedad. Poco tenían de gracioso las migrañas que el calor del sur me produjo a mi corta edad, o las observaciones de mi tía del campo de que estaba muy gordita, o la falta de amigos de mi edad que pudieran acompañar mi viaje a la hermana Isla caribeña. Aunque mi madre siempre ha señalado que hablo demasiado duro, disfruto mucho del silencio y particularmente de la soledad. De no haber sido por las hazañas de mi tropa de Girls Scouts o las implicaciones de haber estudiado en una escuela superior pública especializada en Radio y Televisión, habría pasado muchas más horas disfrutando el gran mundo entre las cuatro paredes de mi habitación. Los viajes al interior me son extremadamente fascinantes, ya en ese entonces no me quedaba la menor duda.

Sin embargo, destaco una diferencia entre aquellos tipos de viaje y otros que aún no comparto que han marcado mi adultez. A los primeros los distingue el hecho de ser llevada, suplida, abastecida y sobretodo protegida.  A los últimos los distingue la voluntad, las carencias, los sacrificios y sobretodo la emancipación. No, mi espíritu viajero no nació conmigo. Esa voracidad de llegar a otro lugar sin dejar de viajar hacia dentro de mi, se ha formado por pedazos. No diría que conviene una lectura cronológica, sino más bien la forma en la que cada pieza ha llegado a la identidad que hoy disfruto.

A muchos lugares he llegado por el trabajo político, a otros por experiencias educativas, a varios por investigaciones académicas, a algunos por sus resonancias mundiales y a casi todos simplemente porque era necesario. La cantidad de lecciones y seres con quienes he entrado en contacto, han recrudecido esa sed de seguir explorando el mundo y permitiéndole que me conozca por las huellas que voy dejando. Me gusta pensar que no importa la cantidad de veces que una pueda viajar, hacer maletas es siempre un rito prometedor. De todas las cosas que he aprendido a empacar, aún no consigo echar en la maleta algo que contra la ansiedad o la incertidumbre que cualquier viaje puede producir. Este sentimiento usualmente me paraliza, me lleva a sobrevivir primero y a vivir después. Sirva esta nota de introducción a las crónicas que se avecinan y que no han sido escritas por razones que poco a poco conocerán.

Hace una semana llegué a Rio de Janeiro. Con la fortuna de haber encontrado un hermoso y acogedor apartamento en la favela de Copacabana, por fin siento que he aterrizado. Este espacio me inspira a escribir, a contar, a reacomodar los recuerdos. Aunque mi casa es y será Puerto Rico, hoy día mi hogar está en mi cabeza; no puedo aguantar las ganas de invitarles a pasar por un café. Será hasta mi próxima nota…

Copacabana

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Un comentario en “Aterrizar

  1. ileana dijo:

    Compañera y amiga:
    Seguir tus viajes geograficos y de vida son un deleite y un reto. El baton ya esta pasado. Eso me maracilla porque haber escrito un libro, sembrado un arbol y ademas haber pasado el baton es el colmo de la felicidad. Pero, mientras sigo en las lides ser parte y acompañarte activamente es el asiento de lujo que he encontrado en este viaje. Escribir y ademas compartirlo es un masaje al corazon. Ademas, abre las experiencias de tod@s.
    Un abrazo. Sigue adelante y gracias por compartir. Sabes que estoy por aqui.

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