El cuerpo y las crisis

El cuerpo…esa coraza imperfecta que nos recuerda la fragilidad de la existencia. Cotidianamente nos reclama un balance en nuestras atenciones y distribución de energías. El mío llevaba varios días enviando señales, yo simplemente no le respondía. Tocía sin parar, me faltaban fuerzas y dicha intensidad aumentaba solo con las mismas fuerzas con las que yo insistía en mantenerme en pie de lucha. Definitivamente, soy su más fuerte enemiga y mi terquedad es mi arma más asequible. Solo una sabe la bomba que lleva adentro, hasta que esta revienta frente a quienes me rodean, arma que el cuerpo usa sabiamente para los nuevos testigos le acompañen en la ineludible tarea de aconsejarme un descanso. Y ya no de descansar las rigurosas 8 horas, sino de descansar en él la adrenalina. No pide mucho el pobre, sólo que me entregue en alma y corazón al letargo que demanda. Como ven, sus primeros pasos son sutiles, luego se moviliza y ya cuando no soporta mi intermitente indiferencia, acude a sus aparatos represivos y dice basta.

Coquetié con sus límites. No acudí a tres excursiones en un país tan exuberante como Jordania, sólo por no pasarme de la raya. Incluso cambié los medicamentos que ingería para acompañarle en el ciclo natural de lo que consideraba era un resfriado corriente. Decidí ofrendarle con remedios naturales aprendidos recientemente. La solución salina fue mi ofuscada alternativa para ayudarle a expulsar todo cuando de mi se resistía a salir. Claro, y como siempre, no acudí al consejo de otros para constatar mis saberes. No pasaron ni 6 horas cuando las sales llegaron al estómago y los vómitos imparables se sumaron al complejo cuadro de síntomas que sólo alargarían mi eventual recuperación. Necia al fin, decidí recomponerme e intentar unirme a mis colegas, que desayunaban de madrugada previo a nuestra partida a Petra.

Si no pueden identificar aún el verdadero problema, descuiden. Yo tampoco lo sabía pero a diferencia de la curiosidad que ustedes puedan tener, yo me empeñaba en ignorarlo. Ignoraba ya no solo la seriedad de lo que sucedía, sino también el obstáculo que mi propia insistencia representaban. Demás está decir que las lágrimas me corrían por los ojos cada vez que confirmaba lo que todos ustedes ya saben, para ningún lugar que iba. No importara lo que comiera ya era demasiado tarde. Despedí al grupo en el portal y decidí llamar al doctor. Es algo difícil de hacer, sobre todo cuando tu plan médico brilla por su ausencia. Afortunadamente estoy rodeada de un amor que se solidifica ante mis propias tempestades y como más sabe el diablo por viejo que por sabio, mi mentora me confirmó el efecto secundario de las soluciones salinas. Supo sobre esto un día en el que varios niños de su escuela habían intentado suicidarse con veneno de ratas y un médico preparó vasos de agua con sal para regresarlos a este plano a la velocidad de la luz.

Muchas cosas he aprendido en este proceso, que exceden los límites de este pasaje. En primer lugar, mi cuerpo y Yo no somos un campo de batallas. Somos aliados si yo quiero, pero él es el dictador. Junto a su amiguito el tiempo, imponen las reglas de subsistencia. Todo se redujo en las órdenes del doctor quien me llevó a la segunda lección. No todo el tiempo tenemos claro el panorama. Una infección en las vías respiratorias, complicada con el rastro de las sales, jamás  podía corregirse con Panadol, atracos de vitamina C y bombones dulces para la tos. La combinación de descanso y sincronización de calmas a todos los niveles es un clave que no puedo dejar de oír.

No estoy en Puerto Rico, y pensé que de alguna manera me escaparía a uno de los males que hoy día sacude a la Isla, el chincuncunyá. Sin embargo, lo que he aprendido puede servir a quien necesite el regaño de estarse quieto o quieta, aún a pesar de su incorregible voluntad. Después de todo, hacer las pases conmigo y descansar los síntomas será la única forma de cruzar la aduana en Madrid. A no ser que pretenda atraer sospechas infundadas y activar el protocolo de una crisis que hoy carcome la aldea global, el Ebola. Fenómenos como este, cuyas causas le ganan el premio al Gran Misterio del 2014, son la forma más rápida de ilustrar los trascendentales trueques de la Globalización.

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