Experiencia Cooperativa en Mondragón, País Vasco

Visitar el País Vasco era una de mis más grandes aspiraciones como activista por la independencia en Puerto Rico. El saber que en dichas tierras no sólo habían grandes proezas en materia de autodeterminación, sino también en materia cooperativista fue algo que conocí cuando empecé mi formación en cooperativismo en la Universidad de Puerto Rico. Desde entonces, poder llegar allí tenía un doble propósito y luego de varios intentos fallidos, el verano del 2014 me obsequió la oportunidad. En este espacio pretendo compartí mis aprendizajes sobre la experiencia cooperativa en Mondragón, uno de sus pensadores más importantes, las cosas que más llamaron mi atención, las similitudes con el cooperativismo puertorriqueño y lo aplicable a mi contexto luego de haber vivido esta experiencia.

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Digamos que una de los mundos que más me fascina es el de las ideas. Por tal razón, siempre aterrizo en estas discusiones primero y afortunadamente así empezó el curso, con el pensamiento cooperativo de Arizmendiarrieta. Jose María Arizmendiarrieta fue un cura nacido en el País Vasco y asignado como coadjutor a una parroquia en Mondragón. En un pueblo agobiado por la desigualdad, la pobreza y ausencia de educación universitaria, la figura de un cura sin duda representaba cierto tipo de alimento social y espiritual. Como orador, José María era muy aburrido, no se le daba lo de las masas. En cambio, tenía un don especial para el trato de persona en persona. Estas relaciones hubieran pasado desapercibidas por la historia, a no ser por un proyecto social que el cura reconocía como consecuencia de su fe. Y es que este cristiano, tenía ideas muy avanzadas en relación al desarrollo de la persona como ciudadano. Lejos de los postulados que hoy día predica el capital, Jose María veía en la comunidad, la vía de desarrollo integral de la persona. Acorde con este pensar, más allá de su labor eclesiástica a intramuros, el padre comenzó a estudiar la realidad de este pueblo y a vislumbrar mecanismo para su desarrollo a través de la ayuda mutua y la cooperación.

Uno de los aspectos que sin duda cautivó mi atención fue la filosofía educativa que empleó tras quince años de estudios. Guardando estrecha relación con los pensamientos del brasileiro Paulo Freire, Jose María adoptó una noción de educación promotora de la dignidad y la autodeterminación de las personas en comunidad. En dicha noción incorporaba lo técnico y lo moral. Claro, él se refería a una moral social cristiana cuando aún no llamaba al cooperativismo como tal. A través de su experiencia reconoció que cualquier aspiración de desarrollo económico, requeriría educar en destrezas todavía más básicas, que no eran enseñadas oficialmente u orientadas en una dirección acorde con sus ideales. De la misma forma en la que lo he experimentado en comunidades marginadas en Puerto Rico, impulsar el cooperativismo la mayoría de las veces conlleva educar en destrezas básicas que nada tienen que ver con él, sólo en apariencia, como por ejemplo aprender a leer y a escribir. Damos por sentado que todo el mundo lo sabe hacer y un poco de humildad, observación y astucia nos permitiría identificar que no es cierto y que en dicha carencia hay una oportunidad latente para el cooperativismo. Si tomamos por ejemplo a las y los niños, los viejos o las comunidades marginadas, que aún no dominan estas habilidades, y trabajáramos con ellos el que las pudieran desarrollar a través de contenido cooperativista, no aprenderían a leer el mundo desde esta perspectiva?

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Jose María Arizmendiarrieta

Arizmendiarrieta observó y planificó alrededor de estar oportunidades, vinculando los conocimientos técnicos requeridos a aquellos ideológicos. Su pensamiento me lleva a validar y reiterar que para que el cooperativismo funcione, es indispensable una formación en competencias y disposiciones sociales y políticas. El ser cooperativista se convierta ya no sólo en una meta personal sino en un proyecto de comunidad. El lograba identificar como posibles comunidades, los espacios de trabajo, de estudios universitarios, y también las comunidades geográficamente definidas. Definitivamente, no puedo atribuirle a su pensamiento más logros de los que pude conocer, sin embargo estos pasos iniciales pudieron regar la semilla de un proyecto con tantos logros identificados en nuestra visita como la magnitud de la corporación Mondragón, la cantidad de empleos que sostiene, su funcionamiento en la forma de red y los mecanismos de que posee para asegurar a sus socios y trabajadores frente a las emergencias económicas y los fallos políticos que se experimentan.

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Cierro el impacto que su pensamiento tuvo, planteando que Mondragón no fuera posible sin esa semilla de vislumbrar a las personas como seres que valoran el trabajo y que de una forma u otra están socialmente comprometidos. No puedo decir que su pensamiento era radical en el sentido de cuestionar todo lo dado –bien que su rol como líder religioso seguramente imponía algunos límites- pero sí que apuntaba a construir una sociedad diferente a través de la acción, de la palabra de boca en boca y de una educación con sentido práctico-liberador. Sin hacer mucho ruido, en plena dictadura, se dirigía a la liberación del ser humano mientras iba derribando obstáculos ideológicos a nivel individual y a nivel comunitario. Porqué se tornaba tan importante ese camino a la liberación del ser humano en el proyecto social que labraba? No hay respuesta simple pero, haciendo eco de sus enseñanzas, diría que sin la dignidad y la autodeterminación que predicaba en el verbo, cualquier proyecto económico sería una empresa dirigida al fracaso o al éxito a medias. Al fracaso porque no se tendrían las herramientas para tomar las riendas de la actividad económica que se persigue con autonomía, con poder decisional. Exitoso a medias porque a lo mejor logran satisfacerse los aspectos necesidades materiales necesarios a la subsistencia, pero se perdería el poder de trabajar por garantizarlas a las y los demás y a las futuras generaciones.

Cuando examino el rol y función de Arizmendiarrieta, no puedo más que remitirme a su homólogo caribeño, monseñor Antulio Parrilla. También líder eclesiástico, estuvo a la vanguardia del pensamiento cooperativista puertorriqueño. Aún cuando tenían estilos de liderato muy distintos, ambas figuras permiten identificar similitudes en las experiencias cooperativas de Mondragón y nuestra Isla.

Antulio Parrilla Bonilla

Antulio Parrilla Bonilla

Considero que Antulio Parrilla tuvo posturas políticas tan radicales, que fue rezagado aún por el propio movimiento cooperativista. En un contexto de neutralidad política en el movimiento y de silente apoyo al status quo- aspecto que criticó hasta su muerte- fue férreo defensor de la independencia nacional, razón por la cual fue carpeteado a saciedad. Arizmendiarrieta, en cambio, tuvo una sagacidad increíble. Siendo su contexto uno dictatorial, logró aportar pilares claves hacia la autodeterminación, la dignidad y soberanía del Pueblo, sin oponerse abiertamente al franquismo o a sus propias autoridades eclesiásticas. Poco a poco, aportó al proyecto de vida que añoraba posible y lo fue construyendo en el verbo. Claro que escribió críticas, a través de seudónimos que empleaba, pero había en él una conciencia de temporalidad y de prioridad política. Por esta razón contestó ser soldado, antes que funcionario político.

Cuando repaso ambas figuras y el rol que tuvieron en el desarrollo de sus respectivos movimientos, me pregunto si es necesario ser figura religiosa para tener semejante poder de palabra y acción. Pienso que sus ideas, acompañadas de sotanas y un aire etéreo, llevaban ventajas ideológica por muchos motivos. Principalmente, el hecho de que un llamado viniera de un cura, permite a las personas suponer que a través de obras como las que estos proponían, se ganaba mucho más que el beneficio material inmediato. A su vez, se conquistaba una especie de complicidad espiritual, que en definitivo retribuye otros aspectos de la propia vida.

Cuando analizo esta fórmula, remitiéndome al rol que me gustaría ejercer en el movimiento cooperativista y en mi país, comienzo a barajar las posibilidades. Si bien ser religiosa no es una moral que deseo predicar, sí hay otra moral que practico y que puede resultar atractiva a poblaciones a las que me gustaría impactar, como la Justicia Social. La lucha por la justicia social, también tiene retribuciones a diversos aspectos de la vida en materia de salud, educación, trabajo, equidad, respeto a la diversidad, etc. Me consta que requiere un trabajo increíble, sobretodo a nivel ideológico, pero me consta aún más que si el Cooperativismo se divorcia de todos esos aspectos entonces le queda poco en que apoyarse.

En nuestra Isla, lo religioso ha estado muy vinculado a los valores cooperativistas, como también a unas generaciones que los tienen bien arraigados, como son aquellas que están en la tribuna del movimiento hoy día. Sin embargo, quienes deben ir acompañando los procesos que ya existentes y proponer otros, son las nuevas generaciones que ya vienen matizadas por valores no necesariamente radicales, pero sí con tendencias liberales y diversas. A los adultos jóvenes y la juventud pueden atraerles los discursos que el Movimiento se atreva a renovar a la luz de la realidad social y política que atravesamos. Estar presente en dichas coyunturas y ofrecer algunas respuestas, nos hará un Movimiento interesante. Eso me llevo toda vez que comparo a Arizmendiarrieta con Parrilla, un conocimiento crítico del presente con un proyecto complejo de futuro.

Si hay algo en lo que ambos pensadores intervinieron fue en su contexto; éste pone de relieve aquello con lo que trabajar y reconstruir la realidad. También del contexto se rescatan los factores que propiciarán las transformaciones que se persiguen. En el caso de la cultura vasca, identifico: la voluntad de luchar por la autodeterminación presente en las luchas nacionalistas, la voluntad comunitaria heredada de una vida regida por el Derecho Pirenaico ,y el reconocimiento de una identidad propia con idioma y practicas culturales comunes. A lo anterior se añade la abundancia de metales y minerales, que ya formaban parte de una industria metalúrgica reconocida nacionalmente, que le permitirían una posibilidad de crecimiento económico.

Lo anterior permite ver que una buena mezcla de activismo político, defensa de la cultura y un contexto económico protegido, han sido parte clave de la receta de éxito de Mondragón. Así las cosas, aprendí que para que un movimiento cooperativista sea exitoso, tiene que anclarse en lo mejor de su contexto, para validarlo y potenciarlo. Hay muchas lecciones que pudieran aprehenderse para aplicarse a puerto Rico. Y definitivamente, desde nuestra Isla pudiéramos sazonar esa receta, aportando ingredientes para su cocción. La lección que traigo no es la de reproducir, sino la de cocinar. Es decir, me traigo la energía y la fuerza de propósitos para gestar lo propio y seguir alguno de estos consejos.

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El error craso de repetir recetas no es sólo sacarlas de su contexto, sino reincidir en los errores que dichos elementos han representado. Repasando críticamente la experiencia diría que hubo otras cosas que aprendí, que no me hubiera gustado verlas ligadas al desarrollo cooperativo. Aprendí que en aras del crecimiento, han promovido la expansión a ultramar. Este capítulo de su desarrollo, nada ajeno al contexto colonialista en el que se inserta la historia española, sí tiene grandes costos para el movimiento en términos materiales y en términos ideológicos; ejemplo de ellos pudimos verlo con la pérdida de patrimonio local tras los negocios fallidos en el mercado internacional de Fagor Electrodomésticos.

Estando en un modelo cooperativo, se han fundado empresas en otros territorios nacionales en las que los trabajadores no son socios. En dichas transnacionales, se aclara, hay una escasa voluntad de parte de los empleados, para ser asociados y convertirse en cooperativa. Según el recurso que nos orientó en el tema, es difícil convencerles porque no están inmersos en estas posibilidades de autogestión en su contexto. Si fuera mi interés potenciar esas posibilidades comenzaría con hacer un trabajo de base, de antropología cultural para entender los porqué y de capacitación para transformar las restricciones auto-impuestas; suena bonito que así pudiera ser exitoso. Sin embargo, me parece que lo que está de fondo, además de la falta de estrategia, es un conflicto ético. El interés principal no es que haya un desarrollo integral y solidario en las culturas en las que se inserta – por más cooperativista que pretenda puede ser- sino que Mondragón se sostenga. Mientras no puedo dejar de pensar que emula la penetración en una cultura ajena, considero que en cualquier política de cooperativización aplicada, será inevitable que los trabajadores a ultramar se conviertan en ciudadanos de segunda. Bajo las nociones de expansión por subsistencia, los empleado no son perfilados como protagonistas, sino como tuercas necesarias para que la rueda siga girando. Esa contradicción también la aprendí en Mondragón y pana nada figuraba en mi concepción previa del modelo.

A través de conversaciones de sobremesa, aprendí que un modelo cooperativista a escala industrial es posible, pero que dicho modelo resulta aún inconcebible en Latinoamérica. Según uno de los profesores, a los latinoamericanos les resultaba sorpresivo y él no podía entender porqué no lo podían concebir posible nivel éticamente. Honestamente, durante su relato, lo que no podía sacar de mi mente era el hecho de que a él le sorprendiera, sobretodo cuando la historia de Latinoamérica se ha escrito sobre la base de una explotación de recursos a manos de los colonizadores.

A Mondragón le ha funcionado la industria metalúrgica, porque ya venían de un pueblo que explotaba los metales y de ahí a llevarlo a un escalafón empresarial no había muchos pasos. Sin embargo, en Latinoamérica ha sucedido distinto y la explotación, a manos de potencias extranjeras y oligarquías nacionales, ha implicado que la mera mención de este tipo de modelos extractivistas sea mirada con un resentimiento histórico. Al momento en que desde nuestro contexto concebimos proyectos sociales y económicos transformadores, lo hacemos desde supuestos solidarios que restablezcan vínculos entres los seres humanos y con la madre naturaleza como antítesis de un pasado imperialista y un presente neo-colonial.

En este sentido, aprendí que sí hay una diferencia entre la economía social concebida en Mondragón y la economía solidaria practicada desde Latinoamérica. Cuando se trata de incubar emprendimientos partimos de una reserva con déficits en cuanto a la noción de lo posible. Las reservas ideológicas de lo posible en el País Vasco no son color de rosa– bien que el individualismo capitalista ha tenido sus resacas- pero en Latinoamérica se trabaja políticamente con un pueblo al que en reiteradas veces se le ha dicho que sin otro poderoso y conocedor que le supervise, no puede levantarse en sus propias piernas. Ese trabajo de conciencia es primero, aspecto que se va trabajando desde la ética de la solidaridad. Ya la expansión de cualquier emprendimiento cooperativo, viene durante la travesía, fase en la ya se encuentra la Corporación Mondragón. Por eso no debe sorprender a nadie con conciencia que venga de un país aventajado históricamente, el que al momento de concebir el cooperativismo posible no estén los grandes procesos de industrialización en el horizonte. Es precisamente, en el comprensión de estas diferencias ideológicas que se va asumiendo una postura política apta para estrechar lazos que de una forma u otra validen la memoria histórica de las y los oprimidos y permitan construir lazos globales equitativos. Si se quiere destruir este proceso, lo único que se necesita es asumir el desconcierto latinoamericano hacia Mondragón como una ignorancia infantil, que es lo que se manifiesta en las entrelíneas de la sobremesa que tuvimos.

Haciendo a un lado la pasada crítica, diría que hubo uno de los recursos que más llamó mi atención en cuanto a propuestas aplicables en Puerto Rico. Se trata de Aitxol de LANKI. Francamente, fue una de las exposiciones que más me cautivó por aterrizar en dos horas los pugilatos que se viven entre los aciertos y desaciertos de Mondragón y las apuestas educativas por transformar las vías de desarrollo que se llevan. Me llamó la atención que las discusiones teóricas que se tienen en esta institución y con los socios de las cooperativas en las que se forman cooperativistas, son siempre discusiones contrastadas con las realidades materiales de los socios. En Puerto Rico haría proyectos en ambos lados de la ecuación pero en un mismo proceso. Es decir, me concentraría en la solidificación teórica alrededor de nuestro contexto y de la economía solidaria, partiendo de proyectos de investigación in situ productos de las experiencias que nuestras cooperativas tienen. Tal como le propuse a Aitxol, trabajaría sobre el desgaste social y el compromiso de las y los cooperativistas, sobre la base de las propias experiencias hacia la transformación de las prácticas.

De lo que se trata es de una formación que comienza en la medida en que se habla de los temas que aquejan, produciendo conocimiento a partir de la realidad cualitativa y cuantitativa que se experimenta. Claro, como facilitadores comprendería una batería de profesionales de diversas áreas; en LANKI tienen en un mismo equipo psicólogos, biólogos, cooperativistas, empresarios, humanistas, viajeros, etc. Lo que pienso que distingue su iniciativa de formación e investigación es su proyecto social. Tener un proyecto social al que se aspira y sobre el que se va laborando cada mini-proyecto es esencial. De hecho, se proponen solidificar la identidad cooperativa tomando como punto de partido las ideas de Arizmendiarrieta. Y yo me pregunto, porqué no retomar a monseñor Antulio Parrilla.

Formalmente, se me ocurre una iniciativa formal reconocida por el Movimiento. Me gustaría que el Instituto fuera ese espacio, aunque se que son muchas las limitaciones que se tienen, por decir lo poco. Concretamente, la iniciativa podría comenzar por un convite entre amigos con ideas similares, un choque de cabezas y de recursos que tengamos disponibles. Será clave una actitud humilde de aprendizaje y disposición a sobrepasar los lazos amistosos para invitar a nuevos educadores y que continuemos la formación en las vertientes valorativas, técnicas y orgánicas que sean necesarias según cada contexto. La evaluación de lo que vayamos haciendo y la crítica será clave para avanzar, considerando en todo momento los pensamientos, sentimientos, aspiraciones, iniciativas y realidades de cada integrante; de persona a persona como proponía Arizmendiarrieta.

Recuerdo a Aitxol planteando que la educación es la clave pero que si se imparte mal es contraproducente. Debemos afrontar los modelos educativos que ya existen con metodologías transformadoras de Educación Popular al alcance. Me parece que hay muchas formas de hacer de contenidos regulados como los que tenemos, verdaderas oportunidades de transformación como las que necesitamos. Con un “Movimiento” movilizado, los cambios que se necesitan en materia de fiscalización del Estado serán más asequibles. Creo que las pasadas manifestaciones locales lo demuestran. Una cooperativa de educadores cooperativistas, puede ser un camino. Sin embargo, aún cuando ya existen cooperativas de este tipo en Latinoamérica, es muy precipitado concebir una tal cual en nuestro contexto. Todo depende del grupo que interese constituirse en esta dirección.

En mi imaginario, operaría como un como un proyecto socio-político que pueda valorar las experiencias cooperativas y potenciarlas. Cuando pienso en valorarlas, no me refiero a la medición de la responsabilidad social, sino indagar el impacto que se tiene en la realidad. Ser un proyecto político, lejos de la trillada noción partidista, implicaría estar en el debate nacional discutiendo lo que hay en la olla y aportando al caldo de debates con nuestras apuestas como Movimiento. Inevitablemente, desviaremos la atención en ocasiones para cocer otras cosas que nos favorezcan. Y en ese equilibrio transitaremos mientras nos forjamos como algo interesante, que llame a atención de las generaciones que avanzan. Me llevo en la menta la idea de Aitxol de que ser cooperativista es una manera de ser en el mundo. Interpreto esa oración como un llamado a la identidad. Es un buenísimo slogan para una campaña como la que he podido imaginar gracias a esta experiencia.

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Por lo que puedo identificar, la experiencia de viaje de estudios cooperativos fue muy aleccionadora. Rompí varios cristales en mi ideario cooperativista y forjé nuevas utopías. La experiencia con los recursos fue compleja, pero me conformo con estudiar objetivamente lo aprendido y presentar mis cuestionamientos. Disfruté mucho conocer a varios integrantes del grupo y tener experiencias inolvidables con muchos de ellos. Pudo haber sido mejor en diversos aspectos, por ejemplo: reflexionar a diario lo que vivíamos, tener alguna otra actividad de socialización y haber agradecido más a los recursos su tiempo con algunos detallitos que nos brindaran cohesión como grupo. Sin embargo, en términos generales disfruté aprender en Mondragón, así como conocer sus bellos paisajes. Agradezco la experiencia a quienes sudaron para que pudiéramos vivirla al detalle en el Instituto. Con todo, fue inolvidable y esos momentos están en mi mochila cooperativista para largo.

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