El Amor de mi Vida

A lo largo de mis primaveras, al menos desde aquellas en las que mi corazón comenzó a palpitar románticamente, me he cuestionado si existe tal cosa como “la persona ideal” o -su bioequivalente gringo- “The one”.   No recuerdo, siquiera rebobinando mis amoríos tardíos como adolescente, aspirar a encontrar alguien insustituiblemente especial. En su lugar, me enamoraba con mucha facilidad de chicos excéntricos, al menos así se retuercen en mi memoria. Éstos podían ser inteligentes o sabios, pero ello no me era un requisito cotidiano ni académico. Sus madres usualmente eran de esas que decían “el jode mucho, pero es tan inteligente”; ustedes saben, de esos chicos que sólo cuentan con el aporreo de sus madres, porque la verdad jodían con dedicación y esmero. En fin, que las ovejas negras –fueran feas, nerdas o hijas de su buenas madres- eran las Coca Colas en mi desierto juvenil.

Las expectativas, aspiraciones y los cuentos color de rosa eran el especial de todos los días. Dependiendo del lado de la cama que me levantara, estos embelecos me resultaban clichosos -“too mainstream”- como para adscribirle mis cuitas de amor. No obstante, como adolescente, estaba dispuesta a vivirlo todo, incluido el combo “relación rosa-chico atractivo-detalles-salidas familiares y final feliz agrandado”. Sólo en algunos casos me cuestionaba los garabatos aspirados, le destrozaba la película al amante de turno y me encerraba hasta encontrar la siguiente proyección.

Con el ir y venir de las olas extravié la noción de que alguien especial llegara o existiera. Mi desdén se había tornado hábito. La universidad me regaló experiencias amorosas muy excitantes, aunque valga la pena aclarar que ninguno de dichos amantes provino  de la academia. Literalmente, estrenaba formas de pensar y cuestionar el mundo que codificaban mi comportamiento amoroso hacia el universo.  Sólo al final, en mi último año de estudios viví la fantasía de caminar por la Plaza Antonia agarrada de manos, y sólo él sabe cuan programado fue el dramático momento.

En resumidas cuentas, no me dejaba llevar. Al menos no de forma rápida o ligera de equipaje. Y cuando digo que no me dejaba llevar me refiero a hacerme vulnerable al amor de otro ser y a dejarme sacudir. Para otras cosas como formalizar la relación, convivir o incluso comprometerme, sí me amarré los tenis y me tiré el maratón. Adentrarme en cuerpo y alma era una especie de los mejores escritos de Homero y Shakespeare, reinaba la poesía, la epopeya, las puestas en escena, las odiseas y los caballos de Troya. Entraba a las relaciones y las explotaba sin piedad desde adentro. Hablo aquí de aquellas cuya base siempre estuvo en duda y a la menor sacudida –es decir, problematización o cuestionamiento existencial de mi parte- quedaron deshechas.

En algún momento dado, durante mi fervorosa vida universitaria, me convertí en militante combativa en contra del amor a ciegas, del estanque de los individuos en aborrecedoras empresas amorosas, del  matrimonio, de tener hijos, de creer en algo superior o sobrenatural que nos rija la vida. Algunas de esas luchas las he abandonado y no por haber cedido. Las personas tienen que vivirlo todo. A mi me basta con el popcorn y un buen sofá para vivirme el caleidoscopio de experiencias de otros y otras. Me he cogido, en múltiples ocasiones, juzgando desde afuera los cuentos de mis amistades. Me da muchísima curiosidad los amoríos que me rodean, en todos hay lecciones de vida que no me debo perder y gracias a  dicha colección entro a mis propias experiencias con mayor drama y complejidad. En el camino, hoy me doy cuenta, he caído en la trampa. Si bien no creía en el cuento, expiaba las historias de quienes sí lo creían, identificando cuán coherentes eran sus discursos en comparación a la vida que han llevado. Investigando si en efecto alcanzaban su final feliz y yo sólo me había prestado para ser una odiosa empedernida. Algo así como odiar las películas bobas románticas pero llorar con ellas.

Nunca he sido fanática de las vidas sospechosamente perfectas. Siempre he temido a comer lo que hoy escupo y la vida no se ha cansado de regalarme esos momentos. Con jocosidad hoy les cuento que hay una personita por ahí, mujer hermosa y apasionada, que ha espantado de mi vida el tedio al romanticismo. Es que yo la miro y se me quiere salir la vida. Es la única que ha logrado decirme que no quiere que la distancia o los planes futuros nos separen, que soy perfecta para ella y la vida le es divertida a mi lado. Vamos, no es la primera persona que me lo dice, pero sí la primera persona que me convence de querer responderle de igual manera. ¿Es esto lo que debo pensar cuando llegue “el amor de mi vida”? Le pido consejo a quienes defienden el postulado, por aquello de tener diagnosticar bien mi voluntad. No me imagino una vida sin ella y la amo desenfrenadamente, así como bien intenso y todos los días. Ha habido un máximo de dos días en que no he querido verla, pero tienen que entender que siempre he tenido problemas con el azúcar. Considero mi experiencia un récord monumental y cuando pienso en nuestra relación imagino una parada de esas tipo Macy’s, con bombos y platillos, un Mardi Grass en New Orleans o un sambódromo brasileiro. ¿Qué les parece?

PD: Lamento lo clichoso en la fecha, pero la destinataria principal sabe que esto fue escrito desde hace algunos meses. No había salido antes porque hasta hoy me atrevo a asumir mis sentimiento 😉

D

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3 comentarios en “El Amor de mi Vida

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