Amor Libre

Sucedió hace dos noches. Mi pareja cogió su vuelo rutinario al extranjero, y los deseos sexuales me carcomían las entrañas. Deseos que se complementaban con las ganas de sentir una buena dosis de caricias y un buen pecho tras mis espaldas. Decidí asumir una ideología que venía arrastrando a nivel teórico, y que no había materializado por miedo a hacer desastres mayores con mi ya ajetreada existencia. Estaba decidida a experimentar el amor libre.

Se cruzó por los callejones de mi mente el recuerdo de un ex amante. Sólo fue  necesario un momento de suma debilidad, como aquél experimentado el sábado, para acabar de realizar, la tan postergada llamada. Para variar, en mis cuentos nunca hay ni príncipe, ni princesa, adinerado que aparezca sin problemas y dispuesto(a) a todo. Su carro no contaba con la misma disposición que el susodicho para acudir al encuentro. El hecho aparenta ser tonto, pero no lo es. Me regaló horas que no necesitaba para pensar cuán lejos llegaría. El amor de mi vida es una fuerte Institución en mi cabeza. Aún cuando ambas habíamos conversado sobre este asunto, mi mente se fabricó pecados en todos los matices posibles. Me sobrepuse.

Hacía meses que no lo veía. Al vernos sucedió eso que siempre, un saludo casual, ojos mirando a cualquier lugar excepto a sus semejantes, cierta barrera empalagada de egos y las preguntas de siempre: ¿cómo te va la vida? ¿en qué andas? ¿qué tal tu esposa? Lo diferente, fueron sus respuestas. No diría que el contenido de sus respuestas lo era, diría más bien que se trató del ánimo con el que me respondía. La verdad que no podría ser yo más conchuda. Con tanta gente en el universo y tenía que iniciarme en el amor libre con una persona de larga trayectoria en mi vida. Algo teníamos en común, él comenzaba a experimentar lo mismo.  Su esposa y el seguían juntos, pero ella recién ha comenzado a salir con otra persona.

Luego de actualizar perentoriamente nuestra vida, me pregunta de sopetón si puede besarme. Sin remilgos accedí. Me sentía interesante, coqueta y atrevida. Hacía tiempo que no arrollaba con los ojos. La seducción se abrió caminos y la razón aprovechó el receso. El expreso me sirvió de alfombra roja hasta su casa. El regaetón en la radio ayudaba. Manejaba serenamente, sin tapujos. En términos de lo estelar de mis conquistas, me sentía como si estuviera en una caravana fúnebre. Siempre que algo sacude nuestras vidas nos llamamos, estúpida ilusión de creer en una magia, en una pasión desenfrenada, que ciertamente nunca se consume con suficiencia.

Entraba por la puerta y los rodeos amenazaban. Para ellos no hay mejor remedio que la franqueza. Date un baño e invítame a tu cama- le dije amortajando los preámbulos. Esta bien- respondió simple y sinceramente. Fue un encuentro extraño. Afortunadamente mi vestimenta era ligera, emulando mi voluntad. Revivimos el pulular usual, dejando espacio para sorprendernos ante nuevos tatuajes y piercings.  No quería ni abrir los ojos, ni responder con mis brazos. Sólo quería sentir. Sabía que cualquier iniciativa de mi parte me haría cómplice de algún posible reguero existencial eventualmente. La temperatura del cuarto era perfecta, y perfecto era el viento de aquél abanico vaguísimo.

Extrañaba él mis esencias y extrañaba yo despegar sin darle tregua al pensamiento- a esa tensa observación del acto- entregándome a las manifestaciones involuntarias del cuerpo. Pausamos, la costumbre de casado le llevó a olvidar los profilácticos. Mi costumbre de precavida me llevó a recordarlo en el acto. Nos tumbamos sin remedio, sin pesadez.

Contrario a nuestro historial, no sentí su fijación sobre mi piel. Tampoco la extrañé. Su mirada estaba fugada, perdida en su propia vida. Esta vez no tenía yo una gran crisis a la que escaparme. Salvo las dificultades usuales y técnicas de la vida, me va bien. A él sus procesos le consumen la adrenalina con la que vivía. Enhorabuena ha perdido la alucinación por el control. Ahora piensa despacio, actúa despacio, acaricia sin torpeza, tal vez con gracia, con naturalidad, sin desenfreno. Después de todo, no era la intensidad la que nos garantizó las noches de pasión en antaño.

Sigue teniendo el mismo poder de sacudirme el mundo con caricias livianas. Justo en  mi posición favorita, tras mis espaldas, respiraba él con monotonía. Lo ignoré por algunos minutos, el rabo de mi ojo se escapaba en intermedios a observar su dilatado viaje. Fue una noche de silencios, de vueltas en un colchón que hace incómoda la vida. Sonó el reloj 7:00am y a las 8 de la madrugada estaba de vuelta en mi casa. No me quejo, no todavía. Abundó el desazón, desazón asumido con fluidez. De todo esto saco que algunas experiencias están sobreestimadas.

Con frecuencia pensamos que la materialización de nuestras más divertidas curiosidades sexuales es una especie de puerta. Puerta que al ser cruzada, implica una transformación de la vida. Muy por el contrario, a veces la experimentación nos re confirma lo que ya conocemos de nosotros mismos. Hoy, tal vez, tengo menos escrúpulos que ayer. Hoy, quizá, soy más atrevida de lo que seré mañana. Aún cuando no tengo a mi alcance todos los espejuelos necesarios para leer aquella noche, digo que lo que viví me produjo nuevos cuestionamientos y esos sí los colecciono apasionadamente.

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