Tristeza

El momento en que sabes que estás creciendo. Ese, en el que sientes como las alas rasgan la piel que llevas pegada a las costillas. Empiezas llorando una simple tensión. Tensión diminuta, que mágicamente recrea en tsunamis las olas acumuladas. Tensión estúpida, que cualquier día del mes es carga pasajera, pero este, este día es eso que te angosta la garganta y hace un tajo al corazón. Y, cuándo desgarra lentamente todo cuanto es fibra y nervio, te permite ahondar en las más bellas reflexiones.

Primeramente, indago mi mar de inquitudes, el porqué de mi tristeza. Luego, dejo que me penetres con el mar de las tuyas. No es nada – te digo, mientras por dentro- es todo. Lloro la vida y lloro con la vida. Los últimos meses han aparentado ser ligeros, todo ha entrado -y salido- con una naturalidad sospechosa. Me gusta este vaivén, me gusta esta etapa de mi vida. Esa en la que fluyes y desfilas, te acercas y te vas. Y vuelves, y en efecto, ahí te tengo.

Me emociona saber que eres más de lo que soñe podía tener como compañera. Una pelota de plenitud equilibradora. Y no puedo decir que me han faltado los amigos, los oidos o las palabras. Lo mejor de mi vida, lo tengo cercanamente… De esta manera descarto que se trate de soledad mi pena, o de incomprensión por la trillada “sociedad”. Según empecé esta entrada, de lo que se trata aquí es de crecer .

Me es eterno el historial de refugios que han marcado mi contradictoria aspiración idílica/amorosa. Siempre queriendo solidificarme en público, siempre buscando cobijarme en privado. Ni hablar de las crónicas de dependencia nefasta en las que presistentemente contrariaba el voluntarioso carácter de mi libertad. Ahora los caminos son distintos. Me enfrento a relacionarme, incluso a amar, con mayor coherencia. Y es ahí donde me duele, cuando espurgo las entrañas, cuando estiro las alas, cuando dejo de jugar con las sombras platónicas y salgo a jugar con la vida en si misma. Cuando los obstáculos, nacen y mueren en mi.

El detonante fue ese pequeño retraso que te provoqué de dos horas; me generó la suficiente tensión como para entristecerme. En mis cinco sentidos hubiera refunfuñado, hasta asumir control nuevamente. Esta vez decidí jugar lo contrario. Teniendo mil argumentos, decidí callar, ceder, pensar, ahogarme, nadar, calmarme y crecer. Torearme el carácter y pedir disculpas. Ese silencio en medio del naufragio, que de momento te abre a escuchar frecuencias alternas de la existencia. Ese momento en que sabes que no importa lo sucedido, no te atreves a permitirte provocar tensión en el ser que quieres… quieres que fluya de la misma manera que baila en tu corazón y ya.

Me importas, y me di cuenta de zopetón. Una “estúpida” tensión que me revela una praxis recurrente; disponer de los seres que me orbitan, justo en el momento en que siento amenazan con llevarse mis mejores energías. Se acabó el cuento de refugiarme para sentir que así de siples son las relaciones. De lo que se trata aquí es de asumir los demonios internos y trabajarlos; de la praxis de la trascendencia. Hoy fue la tristeza… deslumbrantes serán los verbos cuando la alegría impregne de colores las alas de mi ser.

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