Lo inerte

Salía de mi nuevo trabajo.  Recorría las acerras bien pavimentadas y rodeadas de árboles. Según aprecio los troncos veo cómo de ellos se desprenden capas. Los lienzos de gomas caen en el suelo sin que nadie los escuche. Sólo escuchamos al veinto que con ellos juega. Veo un árbol, luego otro y las capas en el suelo socavan dentro de mi. Me van despellejando.

Me topo con una realidad jamás sentida. Fue una identificación, al punto de solidaridad, con lo inerte. Lo inerte que en algún momento fue algo vivo. Ese tejido que se desprendió de un gran todo; tal vez por cansancio, tal véz por ley de vida. Lo cierto es que se posó sobre la acera. Y cuando pasé representó un obstáculo.

¿Cuántas veces no nos sentimos desprendidas o desprendidos de un Todo? ¿Cuántas veces no sentimos que ese Todo nos reclama en valde? ¿Cuántas veces no intentaríamos reflexionar cuánto abono podemos ser en el suelo?

Mi opinión: ¿Porqué no aceptar lo inerte como tal, invitándolo a pasar cuando nos cruza en el camino, dejarlo coquetear con nuestros cuestionamientos existenciales y evitar adjudicarle la mejor de nuestras aspiraciones?

*Conste que ésta puede ser una de ellas. Me disculpan la ambigüedad pero de eso se trata esta entrada y de cómo algunas cosas carecen de fines facultativos. No generan, no destruyen. Simplemente se cruzan y una las narra a otros y otras.

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