Microcosmos en la jaula de Dios

“Juego de sueño.., charcas de aceite alcanforado…, astros de diálogo lento…, invisible, salobre y desnudo contacto del vacío…, doble bisagra de las manos…, lo inútil de las manos en las manos…, en el jabón de reuter…, en el jardín del libro de lectura…, en el lugar del tigre…, en el allá grande de los pericos…, en la jaula de Dios”

–Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente

El Señor Presidente es una novela escrita por el guatemalteco Miguel Ángel Asturias en el 1946. A través de su obra el autor construye los distintos espacios en los que interviene un gobierno dictatorial y cómo en éstos el discurso del régimen se articula, justifica o consiente, reproduce y contesta. Aún cuando este producto cultural no aluda a la(s) dictadura(s) en términos sustantivos, es decir por su nombre, queda del lector seguir esas pistas, estéticamente elaboradas por el autor, para visibilizar el cómo un régimen totalitario impacta los microcosmos sociales, culturales y económicos. Decir que sólo impacta estos escenarios y ocultar el que en ellos se articula dicho discurso es negar el argumento principal de la obra; es en la cultura y los cánones de la fe, en este caso católica pero sin limitarse a ella, desde donde se articula la necesidad de dicha estructura política. A través de esta reseña trabajaré una radiografía de estos microcosmos y cómo fundamentan al texto como una totalidad de este argumento.

En la trama observamos la omnisciencia y omnipresencia de la figura  del Presidente. Comparo ésta con un panóptico. Esta estructura carcelaria del siglo XVIII fue diseñada para que se pudiera observar (ópticos) a todos (pan) sin que estos supieran si se les observaba o no. En esta sentido los presos habitaban en una especie de jaula en la que, independientemente se les vigilara o no, la mera noción de que había un ente regulador que pudiera estar ahí los hacía subordinarse. ¿Qué regulaba el custodio? Los reos podían sentir que su conducta era evaluada para determinar su estado; su recibía más castigo, si se le daban ciertos “premios”, si merecía la libertad, si requería mayor vigilancia, etc. En fin que la estructura permitía que el o los custodios regularan la existencia. En sentido figurado es el personaje del Presidente y sus subordinados secuaces; auditor de guerra,  tenientes, coroneles, curas, la policía secreta, etc. quienes regulaban la vida cotidiana y sus complejidades independientemente estuvieran allí todo el tiempo. A través de la política de la dictadura reglamentaban la existencia y mantenían a la sociedad en constante cautela sobre su propio comportamiento. Cualquier desliz o arbitrariedad disonante implicaba la anulación del ser en ese orden establecido. He ahí la trascendencia de esta ejemplificación.

Panóptico: Primera recámara

El devenir de la trama ilustra la exposición previa. La historia empieza cuando un pordiosero, llamado de idiota o Pelele, ataca caníbalmente a un coronel hasta matarlo. Esta idiotez, que no es otra cosa que un trastorno mental caracterizado por una deficiencia profunda de las facultades mentales, hace que los espectadores, pordioseros por igual que se refugiaban en El Portal de Señor, vayan a la cárcel a atestiguar los hechos. Para ese entonces el idiota ya había escapado por lo que quienes único podían narrar los hechos sentenciaron una verdad impuesta por el Auditor de Guerra, acusando así a dos generales desentendidos del asunto y enemigos del auditor. En este microcosmos vemos que el catalítico del desorden se cometió bajo un acto de locura. La idiotez, encarnada en el Pelele, se refugia en el Portal del Señor. Es decir que la falta de capacidad está congregada y resguardada bajo el techo del Portal, centro religioso de la ciudad.  “Se juntaban a dormir en el portal […] sin más lazo común que la miseria, maldiciendo unos de otros […] riñéndose […]. Ni almohada ni confianza halló jamás esta familia de parientes en el basurero.” Aún en su miseria los pordioseros “se encogieron como gusanos al rechino de las botas militares”. Luego quedaron horrorizados ante el acto del Pelele. Esta antesala concluye el retrato de la sociedad como familia irreconciliable en su propia miseria, la falta de cordura como único catalítico a la voluntad,  la doctrina de la fe como cobijadora y proveedora de comodidad ante la nombrada incapacidad y la imposición de verdades como recurso para implicar en la peor falta a supuestos enemigos políticos.

Panóptico: Segunda Recámara

Posteriormente nos encontramos en la Fiesta Nacional; fiesta rendida en homenaje al Presidente por parte del Pueblo. Junto a la algarabía de la población que caminaba hacia el balcón del Palacio Presidencial la Iglesia repicaba sus campanas tímidamente. Aún cuando las tocaba en homenaje lo hacía modestamente pues “en los días de fiesta nacional olía a cosa prohibida”, se prestaba para los peores deslizas carnales. En este sentido temía que la expresión cultural sobrepasara al homenaje según programado y se prestara para el patrocinio de lo mundano. Mientras todos caminaban por el pabellón el único distintivo entre los empleados subalternos del Estado “se medía en el leguaje de buen gobierno por el precio del entierro que algún día les pagaría el Estado”. Las aclamaciones alredor del Señor Presidente lo erigían como príncipe “Hijo del Pueblo”. Ante esto el Presidente “tragó saliva amarga evocando tal vez sus años de estudiante, al lado de su madre sin recursos, en una ciudad empedrada de malas voluntades” Los exaltos aludían cual Jesús redentor y es que el Pueblo lo erigía no sólo como el Señor Presidente Constitucional de la República, es decir bajo ley, sino también como Benemérito de la Patria; digno de recompensa por su trabajo nacional, Jefe del Gran Partido Liberal; capacitado para asumir la falta de capacidad de otros, Liberal de Corazón; garantizador de las libertades individuales, y Protector de la Juventud Estudiosa; cobijador de la capacidad intelectual. ¿Si es tan rentable gobernar a quienes no saben como, cómo es igual de rentable proteger el que otros aprendan? Con este cuestionamiento contradictorio cierro la segunda recámara en la que: la Iglesia reivindica el homenaje pero no la expresión del ser, el único significado de la vida es el valor que el Estado otorga, ni el mismo Presidente se reconoce como hijo del Pueblo por ostentar unas facultades que no le corresponden a quien nace en la pobreza y con un Pueblo que lo alaba cual Santísima Trinidad; como el Presidente nuestro Señor.

Panóptico: Tercera Recámara

Ante aquél asesinato que perpetrara en Pelele el general Canales logró escapar antes de que lo sentenciaran. Eusebio no fue un traidor pero su propia huida lo puso en contacto con grupos indígenas que habían padecido la expropiación de tierras. Con el insumo de las historias comienza a planificar su entrada a la ciudad de forma revolucionaria; a pensar con su propia cabeza y no con la gríngola que poseía por quepís. El estar fuera del espacio de mayor dominio lo invitó a cuestionar las otras realidades. Según recorría los campos, la familia en la ciudad se negaba a alojar a la hija que tuvo que abandonar, por miedo a las ramificaciones políticas del asesinato. Juan Canales, su hermano, recordaba las frases de un vendedor de lotería: ¡La lotería amigo la lotería!. La lotería era “la frase-síntesis de aquél país”. Era la máxima del tío de Canales llamado Fulgencio “por lotería cae ugted en la cárcel, por lotería lo fugilan, lo hacen diputado, diplomático, pregidente de la República, general y minigtro! ¿De qué vale el estudio aquí, si toe g por lotería” Creo que el tío Fulgencio contestó mi anterior interrogante respecto a la protección de la Juventud Estudiosa. Sin más remedio es el propio Cara de Ángel, quien resguarda a Camila, hija del general y se casa con ella. No consultando sus actos con el Presidente, de quien era mano derecha y eventualmente izquierda en tanto no servía para la voluntad del Gobierno, termina víctima de la lotería acobardada del dictador. Éste, siempre ebrio, teniendo la oportunidad  de matarlo de frente lo envía a una especie de infierno. Miguel cara de ángel, bello y malo como Satán, es catalogado como traidor del gobierno y sentenciado a la última recámara de un calabozo. Su mayor pena es seguir viviendo como vive, mezclando el recuerdo de su amor a la podredumbre de las circunstancias.  La síntesis de esta recámara implica el demarcar la ciudad como espacio de mayor adoctrinamiento y restricción política, el rechazo del parentesco; tal como ocurría entre los pordioseros del portal del Señor, cuando se trata de estar implicado en una subversión, la vida en la dictadura como una lotería de la esperanza no necesariamente por quienes buscan el premio sino de quienes se siente sujetos del azar, el amor como expresión espiritual del ser subordinada a la voluntad de Dios Presidente y el calvario que implica ser traidor del reino de los cielos o del orden de la dictadura.

Panóptico: Cuarta y última recámara

Al salir de la cárcel al Sacristán y al estudiante, casi al final de la narrativa, se les acerca un titiritero que estaba loco. Su falta de cordura hacía reír a quienes se le acercaban, pero lo que decía no hacía otra cosa que adentrarlo en su locura:  ¡Figurín, figurero, quién te figuró, que te hizo figura de figurón! El títere, al igual que el Pelele, ejemplifica cómo la locura es la única licencia para expresar el sentir. El sacristán había sido encarcelado por error; su analfabetismo lo llevó anular a la madre del presidente mientras ponía un afiche en el Portal. El estudiante fue encarcelado por revolucionario. El mantener al estudiante vivo era demostrar que aún los ideales liberales eran propiedad del Presidente; Liberal de Corazón. Cuando el estudiante, ya sin salida, es recibido por su madre, se topa con la realidad mas cruda de todas; es ella, ciudadana anónima, quien día a día patrocina su subordinación mientras reza. “Por los agonizantes y caminantes…porque reine la paz entre los príncipes cristianos… por los que sufren persecución de injusticia…por los enemigos de la fe católica…por las necesidades sin remedio de la Santa Iglesia y nuestras necesidades…Por las benditas ánimas del Santo Purgatorio…” Los puntos suspensivos del texto implican que la letanía continua.

Esta última recámara me ayuda a concluir mi reflexión. El titiritero denunciaba la realidad más no sólo la de una dictadura en la cual todos son manipulables sino la de una cultura, incluido el dictador, que posibilita este régimen. Esta cultura tiene como motor la fe, la religión, el adoctrinamiento sobre la existencia garante de un paraíso en el cielo y no en la vida y de una conducta, por ende, acorde a lo que ésta estipule como requisito. Esta subordinación de la existencia es promovedora de aquella política pues paraliza a unos seres por la supremacía de otros.  Cuando hay un adoctrinamiento que permite que a un ser se le considere como divinidad y por ende que ostente el poder para establecer lo social de forma automática se consiente y se justifica la existencia de una dictadura, de un hombre como garante o anulador de la libertad según aquellos parámetros de orden establecidos. El dictador es figurero de la sociedad en tanto pretende crearla, custodiarla y manejarla pero es a su vez figurín de la voluntad delegada de un Pueblo que consiente su existencia. La creencia en un Dios vigilante, en este panóptico que es la sociedad, hace a todos sujetar su existencia al examen que este Dios pueda hacer, independientemente de si está presente o no. Por eso veo la totalidad del texto como la jaula de Dios, tal como lo plantea Asturias en la cita del epígrafe, y no únicamente como la jaula del Señor Presidente.

 

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