De cómo un revolucionario traiciona una revolución

“Era, en cierto modo, una mascarada, una sustitución, una broma

que podía jugarse con la mayor seriedad; pero también era un certificado de vida,

de la capacidad para sobrevivir y fortalecer el propio destino con los ajenos.”

–Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz

La Muerte de Artemio Cruz es una novela que narra, desde la(s) subjetividad(es) de su protagonista; Artemio Cruz, el proceso de la Revolución Mexicana. Su autor, Carlos Fuentes, utilizó distintos elementos históricos y poéticos para construir tanto la anécdota del texto como las metáforas alusivas a la complejidad de una revolución social propiedad privada, esclavitud, caudillismo, democracia, libertad. El texto va cobrando vida según decae Artemio pues la narrativa se enriquece del constante vaivén de recuerdos del personaje y su insistencia en enmascarar, fatídicamente, los hechos que develan el  porqué y para qué de su existencia. Para revelar la vida de Artemio fue necesario el encuentro de tres narrativas en primera, segunda y tercera persona. El ‘Yo’ narra la descomposición del cuerpo y la invitación inexorable a los recuerdos y al pasado que lo sostienen, el ‘Tú’ como exponente de los intereses y problematizador de sus actos en tanto juzga constantemente su propio devenir y, por último, la persona de ‘Él’ que intenta mostrar las alternativas históricas de Artemio y aquellas que casi por omisión escoge.

Del texto se desprenden ciertos elementos que ayudan a ubicar la novela en un contexto social, económico, político, cultural y ambiental determinado. Nos remontamos al México que va desde finales del siglo XIX  a mediados del XX y que convulsa el devenir de su propia lucha de clases. De primera instancia se percibe a los criollos de clase media y alta que constantemente fraguan nuevas formas mantener y disponer el poder mexicano ya fuere de forma tradicional; cultivando el intelecto y asegurando sus fortunas a través de la adquisición de más tierras, o de una forma moderna o industrializada; articulando el poder sobre los medios de producción y buscando nuevas formas de financiamiento y potencialización de ganancias, con los vecinos estadounidenses de igual clase. En segundo plano se encuentran los negros, traídos para labrar particularmente la agricultura, sustituir a los indígenas y proteger a los amos de expropiaciones externas. En tercer plano, relegadamente, tenemos a los menos favorecidos, los indígenas, que en caso de poder trabajar, y subsistir, lo hacían siendo arrimados, enganchaos o ‘chingados’ por sus patrones. Artemio Cruz, a pesar de haber sido producto de una aventurilla del hijo del patrón de la hacienda en que su mamá trabajaba como indígena, corrió las distintas estratas sociales. Fue desde mulato trabajador a indigenista revolucionario y de ahí pasó a usufructuario de una fortuna ajena, formando así parte de la clase dominante. Según su estancia en cada una de estas estratas  asumió el rol que cada una le exigía. En su niñez fungió de herramienta para la subsistencia de su abuela y su tío, patrones de la finca en la que nació. Se fuga de esas circunstancias cuando intereses externos intentan romper el único lazo social que tenía: Lunero, su tío materno, quien fuera reclutado por otro terrateniente que le ofrecía mejores circunstancias. Huye de su lado. Más adelante su maestro, Sebastián, se encarga de enseñarle oficios para la subsistencia y el valor al trabajo. En defensa de sus circunstancias Artemio decide unirse a las luchas de los indios.

La revolución gestada por éstos suponía, entre otras cosas; algunas incluso contradictorias, la injerencia de los indios al manejo de las tierras en que trabajaban, cuando no el tutelaje, así como la adquisición de escaños de poder representativos de estos grupos. Aún cuando ya se había visto un flaqueo dudoso de Artemio, al abandonar a un compañero en un bosque pudiéndole salvar la vida, su verdadera visión de mundo se revela cuando alcanza contrastar su ideología con la de otro revolucionario, Gonzalo Bernal, en el momento en que ambos son encarcelados. A Artemio le pareció como una melodía con muy mal ritmo la visión de Gonzalo, que planteaba exquisitamente su sentir respecto a cómo los procesos revolucionarios debían implicar una revolución en su seno metodológico.  Gonzalo criticaba el seguimiento ciego a supuestos líderes y entendía que en la medida en que el caudillismo arropara los intentos revolucionarios, se truncaba el fin y propósito del acto. Ante esta visión Artemio muestra ira y se avalancha a coartar semejante argumento. Su pensar como revolucionario estaba mucho más arraigado a su interés individual. La traición a Gonzalo ocurre cuando agiliza su muerte a cambio de salvar su pellejo ofreciendo información sobre las gestas. No obstante la traición implícita es aquella que se hace así mismo como trabajador revolucionario, anteponiendo sus aspiraciones, ajenas a la realidad de su propia clase, por encima del interés  de aquella a la cual pertenece. Finalmente usufructúa esta muerte narrando a la familia del fenecido la pseudo-verdad de su encuentro, ofreciendo al padre de aquél, silenciosamente consentida, la salvación de su patrimonio a través de su administración y casándose con Catalina, la hermana de Gonzalo. La traición a la revolución y la traición a sí mismo acarrearon incluso otras. La familia Bernal subordinó el esclarecimiento de los hechos al triunfo económico a manos de Artemio Cruz, traicionando así a su propia sangre.

Con el fin de prevalecer y potenciarse comienza su adquisición de medios como: otras tierras, financiamiento de nuevas industrias, compra de políticos y curas, manejo de medios con su implícita manipulación de la democracia, adquisición de armas, etc. Su vida se trastoca hasta que logra asegurarse de vivir la vida que anhelaba tener. Aquella en la que no fuera un subordinado ni siquiera de su propia razón; contestataria sólo ante su inevitable muerte. Aquella en la, también, subordinara a otros; a quienes amaba y necesitaba para que necesitaran de él. Aquella vida en la que, además, burlara a quienes suponían dominarlo; curas, políticos, americanos, europeos, etc. A través de los recuerdos de Artemio y del forcejeo con sus subjetividades me atrevo a decir que quedó plasmado el rol que ocupó en el proceso revolucionario en el que se insertó y cómo según sus aspiraciones e intereses; trastornados, manifestados, juzgados, indomados, recordados y contestados,  lo llevaron a sabotear la semilla de la revolución.

Este proceso y su devenir es el criticado por el autor así como los elementos que articularon las múltiples instancias en las que el caos y el orden se reivindicaban. En un pasaje del texto el autor articula: “caos; no tiene plural” y a juzgar por el contenido, hay una lectura a  los múltiples discursos que fraguan una revolución y cómo el visibilizarlos, contrastarlos, es de vital importancia para el producto final. En este caso tenemos una revolución ‘chingada’ por otros intereses, poseídos por otros nortes; políticos y geográficos y por quienes sembraban en su lucha la contradicción a sus reclamos. De voz. De libertad.

“…el anuncio luminoso —No Smoking, Fasten Seat Belts— se encenderá en el momento en el que el avión, al entrar al Valle de México, descienda abruptamente, como si perdiera el poder de mantenerse en el aire delgado y en seguida se inclinará hacia la derecha y caerán bultos, sacos, maletines y se levantará un grito común, entrecortado por un sollozo bajo y las llamas comenzarán a chisporrotear hasta que el cuarto motor, sobre el ala derecha, se detenga y todos sigan gritando y sólo tú te mantengas sereno, inmóvil, mascando tu chicle y observando las piernas de la azafata que correrá por el pasillo apaciguando a los pasajeros. El sistema interno con el que el motor combate el fuego funcionará y el avión aterrizará sin dificultad, pero nadie se habrá dado cuenta de que sólo tú, un viejo de setenta y un años, mantuvo la compostura. Tú te sentirás orgulloso de ti mismo, sin demostrarlo.”

En fin que desde el inicio su propio juzgador, en tercera persona, atestigua el giro que tomó su subjetividad y cómo fue él, un viejo de sesenta y un años, quien ante todo, mantuvo la compostura, mientras se enorgullecía de la inclinación a una derecha política que salvaguardara el negocio de la ‘chingada’.

 

Carlos Fuentes, Miami Bookfair International, 1987

 

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