Quesitos, chocolate y el Rito Fúnebre

Siento no poder evitarlo. Es una profunda irreverencia ante los actos fúnebres. Se enaltece toda vez que decido personificarme coloridamente en un espacio es que los ojos fúnebres me acechan halándome a donde se supone me lleve el dolor. En medio de una muerte, algo en mi nace. Paro cuestionamientos y preguntas sobre la vida de él o la silenciado, casi siempre obtengo respuestas que han logrado mitificarse ante la culpa, el perdón, el amor o la heroicidad subjetivas.

No todo lo veo tan estoicamente, admito que esta postura se tranforma en mi garganta y, sólo discretamente, logra transformarse en una lagrima furtiva. Y lloro no por la pérdida de quien ha sido traspolado a los cielos, al menos eso acreditan las subjetividades, sino por el dolor de quienes me rodean y la forma en que se afligen. Recurro, como mecanismo de defensa, a  la existencia,  para afirmar que es ella quien sobrevuela los propios límites de la muerte. Antes de nacer, ya existía en las espectativas y especulaciones de mi familia y de la sociedad, luego de que acarree de forma irreversible la incapacidad orgánica de sostenerme, seguiré existiendo en las proyecciones de mundo y/o en las cuentas a reinvindicar la sociedad que me proceda.

Asistí recientemente a un funeral. La foto del difunto en blanco y negro no hacía más que recordamente lo colorido que vivía en muchos discursos. Los y las seres se perciben unos a otros como talleres o espacios de trabajo a los cuales se acude con diversos intereses. Es como si nuestra vida fuera una página en blanco colectiva de la que sólo se utiliza un pedazo o el retazo completo. En ella se inscriben el acercamiento o despegue de otros y otras, la subordinación de muchos incluyendo la nuestra, nuestras visiones de mundo y las herramientas utilizadas. Además de la introducción, desarollo y conclusión, de ella se evalúa el diseño, la organización, la presentación; coherencia, precisión, la difusión, las aportaciones…y una larga serie de puntos suspensivos que usualmente se evaluan cuando el proyecto se percibe finalizado.

Es el final quien siempre nos recuerda la transitoriedad de las cosas cómo si en algún momento la perdiéramos de perspectiva.  Necesitamos un rito fúnebre que nos enseñe como reverenciar la vida, cómo prepararnos para la pérdida y una religión que nos ilumine en cuanto a las posibles aventuras y peripecias inconclusas del  alma.  Necesitamos también portar un silencio, más profundo que el del propio difunto que nos paralice, no se si en solidaridad, que rememore un espacio de vida al que entendemos ya no estaremos adscritos. Y prosiguen el luto, el reguardo, lo negro y lo abstracto, todo lo que se sufre ante una vida no cuestionada.
La vida es un castillo de Legos, los armamos en la niñez con impactante asombro, nos lo desarman muchas veces cuando otros no le ven utilidad, le armamos nuevas cámaras cuando insistimos en sobrevivir, lo desarma la misma vida cuando nos toca morir. ¿Cuántas posibilidades tiene esta experiencia que llamamos vida? Todas cuantas constuyamos. ¿Cuál es nuestra capacidad de construir? Exactamente la misma se deconstruir lo dado, lo natural.

Al observar estos espacios fúnebres observo cuánto reflejan de nuestra cultura. El luto no es igual según el miembro de la familia, como tampoco lo son de iguales o equitativas las visiones sobre el rol que cada uno o una ocupan. En nuestra cultura  la muerte es el medio para vivir una mejor vida, una vida de placeres sin quehaceres disfrutada sólo en los cielos y no en la tierra. Las reflexiones sobre la muerte en una sociedad capitalista no necesariamente vas mas allá de tomar aquellas decisones respecto a ¿quién corre con el entierro? ¿hay espacio en él cementerio nacional o municipal para otro atúd? ¿dedicamos una placa, será representativo el mensaje? ¿ponemos una bandera, cuál bandera? ¿serán las flores plásticas o nos aseguraremos de visitar semanalmente poner nuevas? ¿cremamos al muerto? ¿qué implicaciones tendrá para su alma comenzar a quemarlo sin haber llegado al Juicio Final?. El aspecto emotivo del dolor y temor a la muerte no se colectiviza tanto, se relega al Rito Funerario.

Orfeo renegó del proceso de vida: quiso rescatar a Eurídice de la muerte, y le costó perderla aún ya muerta. Antígona se fue simple: enterrar a su hermano como fuere, y le costó la vida. Al director de Star Trek lo acercaron lo más posible al cielo: le hicieron un entierro espacial, y le costo una millonada. En Puerto Rico, como dijo mi amiga Kari, respecto a la muerte de un político: se les entierra con todo y esperanza llenando su maleta de todas aquellas ansias, y nos cuesta nuestro destino. No percibimos cuánto nos despojamos de todas las herramientas que necesitamos en tierra y cuantas de ellas no se construyen con la  fe en un reino celestial sobrepoblado, sino que hay que fraguarlas para que nuestra existencia no se mitifique ni siquiera para nosotros mismos y adquiramos conciencia respecto tan siquiera de la vida que llevamos.
Deleite mortal: Zamba para Morir, Mercedes Sosa Ir al Video en You Tube

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